Álbum de familia / Tito Inchaurralde
Il·lustració de T.I.

—¿ Y estos?

—La pequeña, tu abuela, su hermano, su madre y tus tatarabuelos —señalándolos uno a uno con el dedo.

—Vaya pintas. Qué rígidos están. Parecen de cartón. Por la edad de la abuela, la foto debe de ser como mucho de… mil novecientos… diez o por ahí. ¿No?

—Más o menos.

Del viejo álbum, esta foto, sin ser la más antigua, lo es por su significado. Está tomada en un estudio, pues se adivina un telón decorado. El virado a sepia la ha conservado en buen estado, pero no le añade «artisticidad». A pesar del artificio, todo en ella resulta demasiado prosaico. Una fórmula repetida hasta la saciedad entre los siglos XIX y XX , incluso con indígenas americanos: «A ver, usted Toro sentado… como corresponde, la familia alrededor. Muy bien. Ahora quietos y mirada al frente, al pajarito». Nada que ver con los fabulosos retratos de Edward Sheriff Curtis —el etnógrafo que se coló en su territorio y sus quehaceres; el pionero de una escuela de fotógrafos que en las últimas décadas desde publicaciones como National Geographic , nos muestra individuos plenos, de miradas inteligentes y gestos naturales— sino con esos otros que los mostraban según el canon del «hombre blanco». En este caso los retratados posan con la seriedad rígida de una ficha policial, concentrando su mirada pasmada al futuro, hacia aquel artilugio que en el preciso momento del disparo los proyectaba al pasado, junto al paters familias y toda su patria potestad.

—Estas fotos me encantan —refiriéndome a una colección de pequeñas copias en blanco y negro que se reparte en varias páginas. Son muy divertidas, son alegres. Pertenecen a la juventud de mi padre. Con la cuadrilla de fiesta haciendo el gamberro o jugando al futbol. Las más chulas son las de bañistas haciendo poses, con aquellos bañadores de tirantes—. ¡Esta foto cómo mola! «Equipo de 6º Año, Campeón de Liga en la temporada 1948-49» —leo en voz alta—. Los nombres me suenan casi todos.

—Claro, siempre conservamos la amistad. Mira, el portero es el padrino de tu hermano mayor.

—Ya, ya. ¿Cómo acabó aquel asunto del contrabando? ¿Lo encarcelaron?

—Sí. Yo no lo juzgo. Un amigo es un amigo.

—¡Ostras! ¿Y este? ¿No será…?

—El ministro. Él negoció la vuelta de Tarradellas y la restitución de la Generalitat.

—Vamos, unos cracks ( risa ).

—Claro. ¿Qué te habías pensado? Al año siguiente volvimos a ganar.

—¿Y estas de fiesta? No me parece ver a mamá entre las chicas.

—No, todavía no salíamos. Mira —me indica avanzando unas páginas—, aquí está con sus amigas del instituto.

—Qué monas, con esos vestidos tan cursis. Y aquí, haciendo un muñeco de nieve.

Volvemos hacia atrás. Hay varias fotos de mi familia materna. Detengo la mirada y mi padre se percata.

—¿Era guapa, eh? Parece una artista de cine.

El retrato completa la página aparejado con otro. Se trata de dos bustos con una iluminación muy cuidada. Son la tía Esperanza y el tío José María. El retrato de él, es de los dos el más sobrio. En el retrato de ella: peinado, maquillaje, la ligera torsión de la pose… todo reproduce el glamour de la época dorada de Hollywood. Los nuevos modelos a seguir brillaban en las proyecciones dominicales encarnando también a chicas como ella, enredadas en conflictos contemporáneos, no tan solo a princesas de reinos inalcanzables. Su película tuvo un final triste: un melodrama romántico tocado de neorrealismo. El guión escrito para su hermano fue aún más descarnado: el relato de una venganza absurda. Cine en blanco y negro para despedir los años 40. Aparto la mirada y en la página adyacente observo una de las fotos que más me enternecen de la colección. Un retrato en sepia ligeramente pictorialista. Es su madre —de ellos—, mi abuela Cristeta con un bebé en el regazo. Una mujer que repartía cariño como quien respira. Sobrellevó una docena de embarazos, de los cuales, solo cuatro de los alumbrados alcanzaron la joya de la juventud y solo la mitad la traspasaron. El bebé al que abraza es mi madre, la benjamina. El país acaba de saltar por los aires (verano del 36) mientras ellas celebran el amor.

Me encanta revisitar estas fotos, el mimo con el que los fotógrafos de antaño trataban cada copia. Me encanta ver a los parientes que me antecedieron. A mi abuelo Luis Antonio en bañador, fumando un puro tras cruzarse la ría en Portugalete —cómo fumaba el condenado, competía con las chimeneas de altos hornos y las gabarras—, a su hermano Andrés, un hombre alegre de ojos tristes de mirar la muerte a la cara; en la temprana orfandad que separó a la familia; en las trincheras republicanas; en el proceso de guerra que sorteó alistándose en la División Azul para rencontrársela, pálida y fría, en la estepa rusa y en las caras de los niños-soldado que defendían, entre las ruinas berlinesas, lo indefendible. Regresó, se casó y vivió. Murió tranquilo, en paz, ya mayor, rodeado de sus hijas y numerosos nietos. Las tías monjas —una de mi padre y otra de mi madre— con sus surrealistas tocados voladores. La hermana de mi padre, a quien no llegó a conocer, de primera comunión, casi yéndose —como Teresa de Ávila—, en postura orante y la mirada en el más allá… Rostros de los que apenas sé nada; de algunos, tan solo breves anécdotas. No es una cuestión morbosa y tampoco hago juicio de valores. Sus secretos más preciados se los llevaron con ellos. Cada uno vivió lo que vivió y punto. Me gusta verlos porque me infunden un gran respeto. A los que no llegué a tratar no les guardo ningún afecto. Podría intercambiarlos por los de otro álbum familiar ajeno, bien los retratos o sus cada vez más menguadas historias y, aun así, seguirían imponiéndome.

En ocasiones ha caído en mis manos alguna foto de desconocidos, aparecidas entre las hojas de un libro o en un viejo cajón. He sido incapaz de desecharlas, siguen extraviadas por algún lugar de la casa. De vez en cuando tropiezo con ellas y las observo. No me esfuerzo en imaginar una vida para aquellos rostros. La admito, es suficiente. Experiencia que volví a reiterar el pasado día de difuntos, que visité con mi querida Amaya el cementerio de Poble Nou : Nos abandonamos entre los panteones decimonónicos de la burguesía local y los enterramientos de ilustres en busca de arquitecturas o conjuntos escultóricos singulares. Fuera ya del recinto de los panteones, paseamos las calles del cementerio vertical. No pudimos evitar la sonrisa —con el mayor de los respetos— ante las exageraciones florales de las familias gitanas e, inevitablemente, terminamos deteniéndonos ante las ofrendas votivas, los nombres y fechas que personalizan cada uno de los nichos y, con especial atención, frente a los pequeños retratos que nos miran como diciendo: «Yo también estuve aquí, ahí lo pone. Puedes leer mi nombre, apellidos y mi paso por la vida». Está bien que de vez en cuando alguien nos recuerde, sin caer en pesimismos, que la naturaleza siempre estará en contra nuestra y que la vida es un privilegio, no un derecho. Que la vida se disfruta pero, ante todo, se lucha.

* * *

Mi padre, un hombre que siempre cultivó en demasía las relaciones sociales, en mi juventud me conseguía ocasionalmente algún que otro encargo pictórico —trabajos alimenticios consistentes en paisajes determinados o retratos, siempre acompañados de sus respectivas fotos, la mayoría de las veces de escasa calidad y deficiente información—. Mi amigo, el poeta A.M.G., advertido de uno de estos encargos, comentó mi buena suerte remarcando que él de buen grado, por un precio razonable, compondría epigramas a quién se los encargase. En efecto, esta vez se trataba de un difunto, del cual no obtendría más información que la que me proporcionaran. Creo relevante aclarar que, para un retratista, el contacto directo con el retratado es esencial. Cuando partes de una representación en dos dimensiones, siempre hay una —de lo representado—, que queda oculta, así pues, el más ligero desvío de esta precisa información deformará la realidad que representa. Por ello, ante estas situaciones, yo siempre aducía: «Pero si ya tienen la foto» —intentando quitarme al muerto de encima.

Irremediablemente, me sujetaba a la fotografía como a un clavo ardiendo. La ampliaba, la proyectaba, si acaso le añadía modificaciones cromáticas y un cierto estilo pictórico, pero me agarraba férreamente a la foto. Lo cierto es que no recibí queja alguna, todos parecían quedar satisfechos pero yo, aunque le quitaba importancia, era consciente de mi incapacidad en insuflar un pequeño hálito de vida. Facturaba la representación de la representación. Quizá daba demasiada importancia a la representación veraz. Partía del prejuicio de que aquellos encargos provenían de clientes «incultos» en el arte contemporáneo y por ello rechazaba cualquier solución que pudiera parecerles excesivamente frívola o extraviada en la interpretación. No obstante, ante cada nuevo encargo —no siendo yo un profesional del género— siempre me atenazaba la duda y barajaba posibilidades:

Solución Warhol: Rasgos simplificados y precisos con colores arbitrarios. Esto se ha explotado hasta el aburrimiento dando lugar al kitsch más kitsch de lo kitsch. Podría colar, cumple una doble función: la sentimental, por el motivo, y la decorativa, por hacer juego, contrastar, o, yo que sé, con las cortinas o el sofá.

Solución Retrato psicológico: Consistente en forzar gestos o añadir ciertos atributos al retratado que supuestamente delatan de su yo «lo invisible», que no es precisamente el material propio de un pintor. En todo caso, es el artista quien queda retratado. Un retrato psicológico no puede ser otra cosa que un diagnóstico escrupulosamente redactado por un/a terapeuta/o colegiado/a. Y además, qué sabía yo de tal o cual persona.

Solución Picasso: «No se preocupe. Ya se parecerá». Esto tiene truco. Picasso, como en otras ocasiones, se la jugó y ganó. ¿Cuánta de la gente que reconoce a Gertrude Stein en el retrato de Picasso lo haría en uno de sus retratos fotográficos? Para garantizar el éxito de esta solución, la parte contratante tendría que esperar a que el firmante alcanzara una cotización que hubiera sido impagable en el momento del encargo —cuestión esta bastante improbable—, si no, estaría condenada a convivir con un extraño colgando de la pared.

¿Expresionismo, caricatura…? Me gustan. ¿Le gustará al cliente? ¿No le resultará grotesco?

Así que: mi modelo acababa indefectiblemente en cierto realismo —un poco rancio— heredero del retrato barroco —salvando las distancias y con resultados infinitamente más modestos— y de aquellos que lo secundaron en cualquiera de las «escuelas» hasta el impresionismo. ¿Quién no ha sentido la presencia viva en los rostros que plasmaron pintores como Velázquez y Van Dyck o en los impresionantes autorretratos de Rembrandt? Las soluciones descartadas siempre tenían que ver con la representación subjetiva, que hoy en día se me antojan opciones nada desdeñables. «Ya se parecerá». ¿Por qué no? «Pero si ya tienen la foto».

* * *

Cambio de álbum. Tiene un formato especial, apaisado. Es el álbum nupcial de mis padres. Estamos en 1960 y, como los personajes de los tebeos que empezaban a prodigarse por entonces, el fotógrafo firma: Casado. Si hubiera sido peluquero, con seguridad, se abría apellidado: Peinado. He asistido a unos cuantos enlaces, pero a ninguno en blanco y negro, ni con los contrayentes tan delicadamente iluminados. Si alguien me certificara que es posible tal disfrute estético, correría con mi amada en volandas a la puerta de la primera iglesia que nos acogiera. Lo devuelvo a su sitio y tomo el siguiente. Este recoge el viaje de novios, en él, mis padres muy elegantes con un toque casual , recorren la España del NODO. Aún falta mucho por ver y hay más álbumes repletos aguardándome. En ellos la vida se va precipitando. Llegan los bebés y los bautizos: mi primo, mi hermano, yo, mi prima y mi otro hermano. Más bodas. Cumpleaños. ¡El 600! una maravilla de la ingeniería en la que mi padre llegaba a transportar de nueve a once personas —entre adultos y niños— si el recorrido no era excesivo. Y rostros y más rostros de amigos y parientes. Y comuniones. Y más fiestas. Bailes de disfraces. Excursiones. Hacia finales de los años 60 un hito llamado Yashica Electro 35 marca un antes y un después. A partir de entonces el dedo índice de mi padre no cesa de disparar contra todo el que se menea, sin antes pedirle que sonría por favor. Entonces comienzan los viajes vacacionales, en familia, y más tarde de mis padres en solitario, con el firme propósito de recorrer cada rincón de Europa. Aquí la colección llega a su clímax. Hasta entonces, junto a las fotos y de tanto en tanto, aparecía alguna invitación, un recorte de prensa… apenas algún añadido. Esto cambia exponencialmente y mi padre inaugura una época en la que decora, como un amanuense, los espacios entre fotos —sobre todo de viajes— con dibujos, pequeños pasquines, tickets, comentarios o cualquier tipo de información sobre el reportaje. ¡Y las fotos son en color! Todo se acelera álbum tras álbum. Más bodas, campeonatos de tenis o de pelota vasca, tertulias, conferencias, mítines, homenajes, presentaciones literarias, más excursiones, más viajes, navidades familiares, los nietos, Lolita —mi niña querida—, comidas y cenas bajo techo o al aire libre… pero ante todo: gente y más gente, cientos y cientos de fotos de grupo. Eventos a los que mi padre acudía con algún sobre en el bolsillo para obsequiar a los allí presentes con copias de la vez anterior, y de nuevo retrataba para no romper el círculo. Pero, como en todo imperio, poco a poco llegó la decadencia. En este caso la tecnología jugó un papel importante. Cambió su analógica por una digital —una Canon Eos—. Luego llegaron las máquinas que imprimían fotos «como churros». Luego el CD, el CD-ROM, los móviles… la nube. Y los álbumes detuvieron su avance por los estantes. No sé si fue mejor o peor, pero sí que fue suficiente. Porque en los anaqueles hay la friolera de 44 álbumes, de los cuales 38 están etiquetados en el lomo con las referencias y fechas que comprende. La última referencia es 6.902. También hay cajas llenas de negativos, con todo aquello que no vio la luz de la ampliadora. Fotos y más fotos, la mayoría anodinas pero siempre testimoniales. Gente que mira a la cámara diciendo «aquí estoy yo». ¿Qué impulsó a alguien que siempre ha tenido la agenda completa y algo nuevo para leer a tamaña hazaña? Una respuesta la encuentro en boca de mi madre: «A tu padre lo que más le gusta es la gente. ¡Claro, como era hijo único!». Otra la encuentro en su currículum vitae: aprobó oposiciones al Instituto Nacional de Estadística en el año 55 —a los 23 años de edad— , trabajo que simultaneó con otros de contable, gerente o representaciones mercantiles. Una vida entre hojas de cálculo y referencias numéricas. La respuesta es una suma, una vasta colección para configurar un único retrato, su autorretrato.

Repasando estos álbumes pienso en la infinidad de rostros que me acompañan desde que tengo uso de razón, los del gentío que apenas fija mi retina en el deambular diario, los proyectados o impresos; en todos los álbumes que se cuelgan constantemente en « la red » en carrera loca hacia el infinito. Millones de rostros en la nube. Una nube que, si nos sobrevive, cuando no quede otro rastro de nuestro paso por la existencia, hará realidad la profecía: descansar por los siglos de los siglos en el más allá y con una sonrisa corroborar «aquí estoy yo»; o, para asombro de extraterrestres, será muestra fehaciente de una civilización libre de todo mal, sin dolor, de una forma de vida algorítmica.

Vuelvo a cambiar de álbum. Lo escojo aleatoriamente — como de costumbre, no sigo ningún orden —. La etiqueta del lomo indica:

806 − 986

Años

1.971 − 1.973

He dado con dos esquelas fúnebres, son de mi abuela paterna. Junto a ellas , numerado 964 , está su DNI. Según informa, es hija de Juan y Petra. Entonces… deduzco que aquella mujer joven en el retrato familiar de mi abuela niña es Petra Bengoa, del resto nada nuevo. El señor mayor —el patriarca— sigue siendo simplemente un Bengoa.

—¿Cómo se llamaban el hermano de la abuela Gila y sus abuelos? ¿En qué trabajaban? La esquela, tras nuestra familia, cita: primos, sobrinos y demás familia. ¿Los conozco? ¿Están por aquí, en algún álbum?

—Ya te lo dije.

—No. No lo recuerdo.

—Eso es, en efecto. No lo recuerdas.

—No recuerdo que me lo hayas dicho, estoy segurísimo. Si tan solo han transcurrido unos minutos. Lo recordaría.

—No me refiero a estos instantes. Te lo dije hace tiempo, cuando aún estaba vivo y tú eras un chaval, pero lo olvidaste.

—Seguramente. Me contaste muchas cosas, pero no prestaba la atención debida, y ahora…