La danza de la vida / La danza de la creación / Matías Krahn

Il·lustracions: M.K.


Son tantas las metáforas que podemos usar para hablar acerca del juego misterioso que nos ha tocado vivir a este lado del espejo, o dicho de otro modo, en este plano tridimensional que llamamos Realidad. Una metáfora bien apropiada y bella es entender la vida como una danza. Una danza de la que participamos inevitablemente, a pesar de que tal vez pretendamos no formar parte de ella y permanecer inmóviles. A veces, incluso, pareciera que nos hemos colado en la fiesta sin avisar, pero nunca es así. Vamos a situarnos en la idea de que todo forma parte de un orden perfecto que incluye y permite tanto lo imaginable como lo inefable. A su vez, la Tierra, como nave que nos acoge, está sujeta al cambio permanente. Comprender la totalidad es abrirse al presente, es un ejercicio de humildad constante que nos permite ser moldeados por el cambio y el fluir natural de las cosas.

Desde el inicio de los tiempos el principio fundamental del Arte, asociado al misterio y a la magia, fue el de ”describir” lo eterno, desde su relación con la materia y el entorno. El Arte Moderno y de las Vanguardias, en la línea de tradición cultural de la que venimos, pareció no darnos muchas posibilidades de creer en el Absoluto, debido en parte a una concepción precaria del tiempo, destinada a una meta inalcanzable y futura. Se trata de una especie de “improvisación”, muchas veces falta de deliberación y de decisión. Un juego extraño, a veces significativo y otras veces vacío, aunque fuera guiado por una pasión intensa que permitía sobrevivir en un presente abierto a lo desconocido. Este tipo de improvisación, aunque albergara contenido profundo, acabó siendo parte de una farsa (un fragmento del todo, más que un “todo” autónomo) ya que era rapazmente capturada y devorada por los mecanismos de la Modernidad misma. Un arte que no pudo aspirar más que a ser una improvisación, que se volvía decadente de una manera inevitable, en cuanto a la dialéctica de su aceptación por parte de los mecanismos de reconocimiento o rechazo en un contexto temporal ansioso de algo nuevo. Cualquier avance noble de llegar a un significado completo era transformado en una tentativa poco convincente. Así, el Arte Moderno, como conjunto, enfatizó lo eterno del momento y, a la vez, se perdió en ese proceso. Una concepción del tiempo como duración, acelerada y compulsiva, llevó a la enfatización de la novedad y a la desilusión que se deriva de los deseos inalcanzables y fugaces. Ese descontento decadente se convirtió, de esta manera, en una condición asumida sin remedio por los propios artistas. Como ya sabemos, la fragmentación de estilos y de propuestas pareció indicar que cualquier idea de alcanzar algo Absoluto era absurda y obsoleta. Esa desilusión de la inevitable decadencia de las propuestas hizo que el arte partiera siempre de las ruinas, buscando un impacto momentáneo.

En esta época pretendidamente “Post-Moderna” o “Post-Post-Moderna”, seguimos siendo herederos de los mecanismos de novedad y decadencia de la Modernidad. La parte positiva es la sensación de democracia y de equivalencia entre las propuestas. La contraparte es el caos, la falta de sentido, el vacío, la hostilidad y la apatía. Esta democracia aparente y pactada por conveniencia, ha llevado a la individualización de propuestas artísticas y a la idea artificial de lo absoluto. Artificial, porque no es del todo real: aunque todo parezca ser intercambiable, aún existe en la sombra el anhelo de algo profundo y misterioso que nos reconecte con la Vida.

Pero sin la mágica y “utópica” ilusión de completarnos como seres, no podemos ni tan siquiera convencernos de nuestro propio valor. Así, en algunos casos con la pretensión de elevarnos más allá de los fragmentos, resulta complicado salir de ese estado decadente de pérdida de sentido para adentrarnos en el misterio de la Vida, de la Naturaleza y de la Creación. Enfermos y empachados por una sobreabundancia de información visual, en esta era de la comunicación Wifi y de lo instagramático, vamos zarandeándonos entre deseos, máscaras no reconocidas, robo de imágenes, influencias en la sombra, fragmentos desconectados, acudiendo al saco roto de la falta de sentido.

Tal vez, una salida a este presente mental, fragmentado y vacío (del cual la pintura y el arte en general son reflejo y creación) sea el atrevernos a “danzar”, como metáfora de nuestro paso por la vida. Danzar entendido como un movernos por terrenos misteriosos, o no tanto, a la vista de que al avanzar se nos abre el conocimiento de manera espontánea, siempre y cuando sepamos apreciar y agradecer todo lo que se nos presenta, sin enredarnos en la mente y en las emociones no reconocidas. Danzar es vivir, danzar es crear, danzar es tejer, danzar es escribir, danzar es pintar, danzar es caminar. Hablar es danza, callar es danza, jugar es danza, pensar es danza, oír es danza, escuchar es danza, tocar es danza, saborear es danza. Todo es danza, nada es danza.

Para algunos, el apreciar la Tierra que nos sostiene es lo primero. Agradecer nuestro cuerpo que nos sustenta, los elementales y los alimentos. El aire que respiramos, los pies en los que nos sostenemos, las manos con las que creamos, los ojos con los que vemos, los oídos con los que escuchamos, la boca con la que cantamos, el fuego de nuestro espíritu. Danzar es agradecer a nuestros ancestros, a nuestra madre, a nuestro padre, a nuestros hermanos, a nuestros hijos, nuestras luces y nuestras sombras. Danzar es agradecer a nuestros amigos, a nuestros enemigos, lo que amamos y lo que odiamos, lo bello y lo abyecto, el placer y el dolor. Danzar es dejarse llevar observando, aprender en el proceso, cuidando no caer ni empujar, respetando al que baila con nosotros, compartiendo danza desde el reconocimiento de la presencia y de la ausencia. Danzar con miedo, danzar para disolver los miedos, danzar para uno, danzar para el Ser Uno, danzar para otro, danzar para nadie. Incluso no moverse es danzar.

Desde luego, hay muchos bailes, maneras de moverse y, en apariencia, muchas músicas a las que podemos atender. De eso se trata. Tal vez, sintonizar con la radio correcta desde nuestra antena interna y usar nuestro instrumento (hay muchas clases de instrumentos) de la manera apropiada para coger la señal. Cada cual tiene su propia antena, sus canales. A veces nos pasamos media vida o más danzando la danza de otros, atendiendo a emisoras extrañas. Hay quien nunca ha intentado bailar, porque no ha visto danzar a otros o por temor a ser juzgado o a hacerlo mal. Danzar implica espontaneidad y técnica, atención y cuidado del entorno, del cuerpo y de lo que este alberga (la mente, el corazón y las entrañas). Para danzar hay que no temer moverse; sintiendo el cuerpo, haciéndonos amigos de él. Abrirnos a lo sutil, sentir la música de la creación y del Cosmos. Soltarse a la libertad, que es la poesía que descansa en la danza de la Vida y de la Creación.

La Pantera

Su mirada se ha cansado de tanto observar

esos barrotes ante sí, en desfile incesante,

que nada más podría entrar ya en ella.

Le parece que sólo hay miles de barrotes

y que detrás de ellos ningún mundo existe.

 

Mientras avanza dibujando una y otra vez

con sus pisadas círculos estrechos,

el movimiento de sus patas hábiles y suaves

va mostrando una rotunda danza,

en torno a un centro en el que sigue alerta

una imponente voluntad.

 

Sólo a veces, permite en silencio, la apertura

de los cortinajes que ocultaban sus pupilas;

y cruza una imagen hacia adentro,

se desliza a través de los tensos músculos

cae en su corazón, se desvanece y muere.

 

Rainer Maria Rilke