Cuestión de estilo (Pere Guimferrer pierde el bolígrafo y asiste al naciemiento de Venus) / Tito Inchaurralde

Il·lustracions: T.I.


 

La estancia es de proporciones colosales, un comedor amplísimo con grandes ventanales y elevados techos. La decoración art decó se extiende más allá del mobiliario: sobre las paredes, se vislumbran murales con exóticos motivos vegetales y fauna salvaje; invadiendo el suelo, un laberinto floral se pierde bajo las mesas de los comensales. Hay muchas mesas, todas redondas y con largos manteles, tantas que, hacia el fondo del salón, parecen amontonarse junto con la concurrencia; su reducido tamaño, para cuatro personas a lo sumo, contrasta con las dimensiones del conjunto; la mayoría de ellas las ocupan elegantes mujeres, enjoyadas y tocadas con vistosos sombreros, que degustan su plato mientras observan con interés lo que allí acontece. Corre el año 1943, hoy es un día excepcional: la primera Press Week (embrión de la actual New York Fashion Week ) ve la luz en este salón del Hotel Plaza. Hoy nada debería ser fortuito, todo está deliberadamente orquestado, todo es selecto y el marco: incomparable. Como no podía ser menos, el evento es debidamente amenizado por otra orquestación: la musical. Los intérpretes dirigen la mirada al solista que, atacando en pie a su violín, dirige la suya a una joven, hacia ese vórtice donde, hoy y ahora, todas las miradas convergen. Ella, elegantemente, ha recorrido el camino abierto entre las mesas y, salvando dos peldaños, se eleva, ahora, sobre un pódium circular. Apoya las manos en sus caderas e inclina ligeramente el cuerpo en clásico contrapposto, como a una Venus corresponde. La pose aporta gracia y movimiento a la exhibición. Se trata de seducir. No resulta fácil adivinar lo que piensa el respetable al respecto; la novedad resulta perturbadora y aconseja prudencia en su valoración. Los rostros de la mayoría femenina denotan circunspección, los de los pocos acompañantes varones son más explícitos: mayormente, desvían su atención a lo gastronómico, quizás por desinterés hacia el tema en cuestión o por pudor. En la primera línea que circunda al pódium, un caballero, que asiste solitario, podría darnos alguna pista. Acodado en la mesa, no hace por ocultar su ánimo, su expresión pícara podría ser una revelación. Bien podría tratarse de alguien implicado en la organización celebrando el éxito, tal vez el diseñador… o un periodista... Otra posibilidad es que se trate de un afortunado invitado que, atrapado en la tela de araña minuciosamente tejida a tal efecto, no puede ocultar su claudicación. Tras deleitarse con los manjares, éste podría ser un buen postre. Sobre su pedestal circular de dos pisos, la joven es la guinda que corona la tarta. Quizá la desnuda con la mirada, lo cual implica que se le antoja desnudable. Despeinar sus bucles dorados, correr su rímel, devorarle el carmín, lamer sus tacones hasta disolverlos y continuar pierna arriba… rasgar los velos que la cubren y seguir… Entre el objeto de su deseo y él, un artificio pone en valor lo que él tiene por el contenido, la esencia. Bueno… tal vez, debajo de tal aderezo, no encuentre sino a una chica aburrida, vulgar, boba… ¿Con ese ESTILO? ¡Imposible!

Pere Gimferrer en el prólogo a su libro: « Primera y última poesía. Son todos los poemas una voz», resuelve el compromiso de hablar sobre su obra comenzando con estas palabras: «Si parto de la base de que el poema se dice a sí mismo y, por lo tanto, más que significar, es, y sólo es, en sus estructuras o hechuras estilísticas, puedo yo hablar —y lo he hecho ya en el pasado— de la poesía de otros, mas difícilmente puedo hablar de la mía: cuanto en ella, al ser, se significa a sí mismo, lo he dicho ya previamente yo, pero en las palabras del poema». Por su elocuencia y acierto, más que una poética se me antoja una definición. En un hipotético análisis que nos permitiera medir el grado de arte contenido en una obra, bien podríamos aplicar la ley de Pere Gimferrer. Partiendo de la base de que en la obra interactúan diversos elementos, la parte contenida en dicha obra que no se ajuste a la ley sería un excipiente, un aderezo que no contribuye al hecho artístico sino que obedece a intereses que le son ajenos. Con su aplicación, obtendríamos la graduación de arte contenido en dicha obra. Pongamos por caso que estamos ante un poema con una pureza artística del 100 %, si el complacido asistente VIP a la Press Week intenta desnudarlo, arrancándole el estilo, para después poseerlo, se sorprenderá al no encontrar nada entre sus manos, no porque la cobertura oculte la banalidad absoluta, sino porque, su estilo junto con todo lo sustancial que hay en el poema, está tan finamente tejido, que forma un cuerpo indivisible —prueben a bombardearlo con protones—. Dicha ley, al no ser excluyente, suprime el eterno debate sobre qué oficios pueden, o no, ser considerados como “artes”; incluso se extiende a todas las actividades humanas, no necesariamente productivas. El ARTE no puede añadirse en cantidades, es resultante de la conjunción de los elementos implicados.

Si nos ajustamos a la definición de ESTILO —en lo que nos atañe— como: «Modo, manera, forma. Uso, práctica, costumbre, moda. Carácter propio que da a sus obras el artista». Observamos que, todas estas acepciones pueden entremezclar sus conceptos transitivamente —de hecho se entremezclan en la práctica— prevaleciendo su valor instrumental, que remite al original punzón con el cual escribían los antiguos en tablas enceradas (del latín stilus , y éste del griego). Su misión es entretejer elementos diversos con el fin de presentar una unidad formal: la obra. Cuando esto sucede, al posibilitar la forma a la obra y por tanto su presencia ante el receptor, por metonimia, se le atribuye el arte de la misma: que es como confundir el truco con la magia. El estilo no es un fin en sí mismo, surge de la necesidad de conformar la obra y, para que haga justicia —valga la redundancia— debe ajustarse a los elementos de ésta, de tal modo que cada estilo debiera —en principio— ser específico e intransferible y, solamente, será a la conclusión de la obra. Si esto es así, estilo y obra nacen y se desarrollan dependientes uno del otro. Cuanto más se ajuste el estilo en la obra, mayor cohesión habrá entre sus elementos y, por lo tanto, mayor grado de arte; si el grado es elevado, el truco consigue magia.

La mutación o generación espontánea no tienen lugar en el proceso intelectual desde que el hombre es hombre; todos los trucos son consecuencia del aprendizaje de uno anterior, este precedente cultural y su marcado carácter tecnológico hacen que los estilos vayan de la mano de la historia y sean permeables a migraciones en uno u otro sentido con los consiguientes lazos de parentesco, de ahí: las escuelas, ismos, modas, tendencias… Si la identidad viene determinada por la diferencia respecto a lo general, poseer un estilo propio la refuerza y, sin lugar a dudas, es un valor irrenunciable para aquel que desee destacar; por tanto, el hallazgo del estilo, para una inmensa mayoría de los que profesan alguna labor “artística”, es prioritario, dando lugar a toda suerte de estrategias; cuando parece haberse encontrado, resulta tan desamparador desprenderse de él que conduce a empezar por el final: anteponiéndolo a la obra, estimando que los réditos generados bien compensan las mermas en la magia deseada. —Si no tengo nada, se lo pongo por encima. Corto por aquí, le meto de allá, y si fuera necesario se engancha con alfileres.

Si el estilo es propio de una obra, pues se desarrolló en su proceso de formación, al traspasarlo a otra de muy distinta naturaleza bien podríamos hablar de implante. Si se acomete con intenciones netamente artísticas, salvando escasas ocasiones como la parodia o aquellas obras conceptuales en las que la apropiación de dicho estilo subyace en la idea que las motiva, rara vez el resultado pasa de lo mediocre; al ser ajeno a aquello que sufre el implante: por lo general, se produce rechazo; el resultado: un pastiche —el refugio del mediano, un ejercicio de autoengaño reservado a caraduras sin pudor—. Mas, es en otro tipo de obras donde, con mayor frecuencia, encontramos el fenómeno; normalmente, sobre una obra conclusa que en nada lo necesita para ser. Pensemos por un momento en una conocida diseñadora con un estilo marcadamente reconocible. Ella cede su estilo, fraguado en sus anteriores creaciones, a un bolígrafo, imprimiendo sobre él, por ejemplo: un corazón, una nube, una flor, o lo que crea conveniente. Si usamos el bolígrafo para escribir, que es su razón de ser, el corazón, la nube o la flor no participan en absoluto. Tratando de bolígrafos, por obvia, resulta inevitable la imagen del “boli” BIC; todo en él, material, forma y color, responde a su ser, cada una de sus piezas es necesaria y, por tanto, no sobra ninguna: Una punta cónica dotada de una bolita que, al presionarla, permite la salida de la tinta que le llega, por capilaridad, de un depósito fino y transparente; el mango alberga el depósito y fija la punta, su transparencia permite ver el nivel de tinta restante, su sección hexagonal le proporciona ergonomía y el encaje, por simple presión, al capuchón que protege la punta y evita posibles manchas derivadas del contacto; en el otro extremo, un tapón cierra la parte posterior del depósito evitando el goteo de la tinta; estos últimos, con su color (azul, negro o rojo), nos indican el de la tinta contenida; el capuchón está dotado de una pestaña que junto con el mango forman un clip para fijarlo en un bolsillo u otro objeto. Sus cinco piezas encajan por presión muy fácilmente, todo en él, excepto la diminuta bolita, es de plástico, lo cual lo hace: ligero, barato y además… flota. Los hermanos Biro tranquilamente pudieron haber presentado su ingenio de la siguiente manera: «Si partimos de la base de que el bolígrafo se dice a sí mismo… …es, y sólo es, en sus estructuras o hechuras estilísticas». Desde 1919 sin parar de escribir. ¿Con semejante bolígrafo, quién necesita un corazón, una nube, una flor…? Pues, al parecer, bastante gente. Gente que además de un bolígrafo necesita identidad. El bolígrafo del implante no solo comunica cuando escribe, también en reposo: el estilo implantado en él nos remite al original, no al bolígrafo sino a la obra a la cual pertenece, y al poseerlo, no solo revivimos al original, sino que nos apropiamos de su estilo. Al comprarlo, compramos dos cosas en una: un bolígrafo y un fetiche. En el extremo de este tipo de ejercicios nos encontramos con el simbolismo en su estado más elemental: Un simple grafismo o anagrama remite al estilo y por ende a la obra a la que hace referencia; recurso, éste, explotado por muchas marcas (registradas) —como las que señalan al ganado—, con muy buena acogida entre los más deseosos de identidad —adolescentes perpetuos—. La marca garantiza calidad o pertenencia a un grupo. Claro está que, si he de elegir, entre dos productos de prestaciones semejantes, elegiré aquel que me aporte algo más, un valor añadido, en este caso: estilo. El truco funciona; si se hace inteligentemente, poco importa lo cercano o alejado de éste a la naturaleza del producto. De esto deducimos que: aunque un producto, en sus hechuras, carezca de seducción, implantándole el estilo conveniente, puede permitirnos hacer buenos negocios. De hecho, un estandarte es un trozo de tela con un palitroque que sirve para todo el mundo, para aquellos y para sus contrarios. Si crear un estilo y hacerlo popular conlleva un esfuerzo inasumible: tomémoslo prestado. ¿El límite? Hasta donde las partes implicadas y la ley lo permitan, porque el ingenio humano no parece tenerlo, basta observar con atención a nuestro alrededor para descubrir multitud de estos préstamos, algunos sorprendentes, otros… prácticamente inenarrables. Ya se sabe: cualquier proceso en las manos de mentes incapaces o perversas produce el horror; en este tipo de implantes, el monstruo resultante no lleva el nombre de su creador sino el genérico: kitsch. Nunca saldré de mi asombro ante esas figuritas de bailaoras andaluzas o torillos, recubiertas de falsos mosaicos pseudo-modernistas, que venden en Las Ramblas de Barcelona —pobres víctimas bajo la piel del drac del Park Guell , como si éste las hubiera devorado—. ¡Arsa Barcelona! ¡Olé Gaudí!

La tienda de suvenires está abarrotada de objetos, es un museo del kitsch, muchos: —dudosamente— ornamentales, otros: útiles “tuneados”; también ofrece pequeñas soluciones al turista: pilas, tarjetas de memoria, mecheros... y, por supuesto, bolígrafos. Por eso, un poeta, que olvidó el suyo en un café, ha traspasado el umbral. El joven que le atiende despliega, ante su asombro, una colección de bolígrafos a cual más extravagante. El poeta tímidamente le inquiere: “¿No tendrá… un BIC?”. En la calle, al habitual bullicio hoy se ha sumado el ritmo atronador de un martillo percutor. Una cuadrilla levanta la acera buscando un subministro enterrado. A unos pocos metros de allí, una mujer de mediana edad se abre paso entre la multitud. Camina ligera, con paso firme. Si atendemos al canon actual —lo que es decir: a las fotos de las revistas— nada en ella debería llamarnos la atención. No es muy guapa, pero tampoco fea; sus facciones guardan entre sí una extraña simetría. Su talle es particular; ni es alta, ni baja; sin ser delgada no es oronda; sus extremidades, más compactas que esbeltas, marcan un ritmo ligero que armoniza el conjunto. Su pelo castaño, anudado al cogote con un gracioso pañuelo, se balancea, a cada paso, con la precisión de un péndulo en una maquinaria perfecta. No viste estrictamente a la moda; sus ropas y complementos tampoco delatan condición social, más bien, parecen ajustarse a necesidades prácticas y a ciertos afectos estéticos que ha ido desarrollando; pero especialmente a su cuerpo, remodelando lo que la naturaleza dio por concluido, realzando un cuerpo y una personalidad que parece asumir en su plenitud; su andar airoso así lo confirma y no pasa desapercibido a los transeúntes que deambulan mirando aquí y allá. Repentinamente, se hace el silencio. El operario del martillo neumático ha interrumpido su labor y el estruendo. Levanta sus gafas protectoras, seca su frente con el antebrazo, la mira fijamente y, espontáneo, le piropea: «¡Vaya estilo! ¡Eso sí que es arte, y no lo que se ve en los museos!». El poeta, atento a la escena, sonríe y toma nota.