Abrazar la impostura / Matías Krahn

Il·lustracio: M.K.


 

Cada vez se presenta de forma más apremiante para muchos artistas (entre los que me incluyo) la búsqueda de la autenticidad. Este impulso se manifiesta de muy diversas formas y maneras, adquiriendo en nuestro mundo de la creación contemporánea un valor especial.

Un artista que desee ofrecer algo significativo evitará las imposturas, atenderá a la llamada de escudriñar en su ser e irá puliéndose, a fin de que su obra sea reflejo de su proceso personal y de una intención definida de ofrecer algo valioso, auténtico, sincero. Porque ¿cómo crear algo con significado y profundidad, si como artistas descuidamos nuestro instrumento más valioso, la materia prima que es nuestra propia persona?

Desde luego que para poder apreciar este regalo precioso que la vida nos brinda, que es el de crear, sería de justicia estar bien atentos y despiertos a todo aquello se nos presenta a lo largo de nuestro camino, tener consciencia de dónde venimos y también dilucidar hacia dónde nos encaminamos. No temer ver nuestras flaquezas y aprender a corregirlas y perdonarlas. Agradecer el profundo misterio que entraña la creación, el cosmos, así como admirar la naturaleza y sus reinos animal, vegetal, mineral. Además, sería conveniente no perder de vista todo lo que nos brinda el mundo sutil, sólo perceptible a partir de un refinamiento de nuestros sentidos. En la medida en que estamos presentes, atentos y agradecidos, todo a nuestro alrededor parece comenzar a adquirir más brillo, más sentido, más intensidad.

¿Cuándo hay impostura en el arte? Vamos a ver: lo que para mí puede ser sincero para otro puede parecer falso. Ya sabemos que verdades subjetivas hay muchas. Aquellas que son personales, relativas y parciales, basadas en gustos, preferencias, traumas, opiniones e ideas. Las que llevan a malentendidos, confusiones, hipnotismos. Esas verdades que pretenden convencer y que se imponen desde cierta lógica aparente, a partir de dogmas, convenciones o apariencias seductoras debido a que nos ahorran la confusión o que nos proporcionan tranquilidad.

Así, debido a nuestra ignorancia y pérdida de contacto con respecto al sentido sagrado y profundo del arte, buena parte de la creación contemporánea es susceptible sufrir un abuso por parte de lo que aquí llamaré “institución arte” (mercado, museos, curadores, historiadores, ferias, bienales, crítica, etc.) o de los gustos generales, por no hablar de una pérdida de fe generalizada en relación a lo que el arte en la postmodernidad pueda generar.

Porque más allá de estilos, tendencias, apariencias o lenguajes, parece que nos hemos olvidado de que el verdadero motor del arte plástico no es cuestión de subjetividades o de gustos, sino que es un proceso objetivo y claro, a la par que misterioso. Múltiples ejemplos se podrían poner, pero me viene a la mente una imagen que he vuelto a ver recientemente y que me ha hecho entender mejor esto que estoy describiendo. Se trata del Pantocrator de Sant Climent de Taüll. Pero podríamos empezar por Altamira y acabar en los dibujos de un niño, pasando por las pirámides egipcias, las esculturas persas, las telas mayas, etc.

Desde luego hay quien piensa que un Miró lo hace cualquiera del mismo modo que hay quien pasa sin perturbarse delante del Guernica. De igual manera que hay quienes no miran nunca al cielo, no aprecian los ciclos lunares o el milagro que es tomar agua o la sencilla belleza de un árbol, de una flor o un insecto.

Porque el arte plástico, cuando logra su cometido, es una suerte de mantenedor de frecuencia , al hacernos recobrar fe en la humanidad y en la vida simplemente por el hecho de que entraña una Verdad eterna, implacable y poderosa, a la cual tarde o temprano debemos hacer frente. Se trata de una verdad “universal” (y por lo tanto también relativa) que, precisamente por eso, es paradójica y requiere de nuestro esfuerzo para ser mantenida y apreciada. Esta esencia es un néctar de inconmensurable valor, que no todo el mundo es capaz de reconocer. No siempre se nos presenta en vida, sino tal vez al final de un trayecto y al inicio de otro, cuando precisamente el último aliento nos advierte de que nos toca darnos cuenta de ella (lo que hemos hecho con nuestro viaje personal).

Me atrevería a decir que la única manera de lograr algo de valor en el arte es a través de la búsqueda constante de autenticidad. Es decir, del trabajo consciente con respecto a la materia prima que gesta la creación, el ser que hay detrás del artista, el individuo que sostiene la personalidad, el alma que sustenta al cuerpo, la mente y las emociones. Así, para hacer algo con autenticidad es preciso vibrar en ella, de otro modo será una impostura, un sacrilegio.

Por suerte para nuestro disfrute, la autenticidad puede aparecerse en el arte a través de múltiples formas y aspectos, siempre esperando ser reconocida y valorada, como parte de un proceso de intercambio. Imprescindiblemente, requiere de nuestra entrega, de una mirada limpia y desprejuiciada, a la vez de una sensibilidad aguda capaz de atreverse a bucear en lo desconocido.

Lo que alberga altas dosis de autenticidad tiene una intensidad especial, un aroma y una luz capaz de guiarnos si sabemos jugar la partida. Es como un elixir de varios componentes que debemos sostener y dar. Lo que es “de Verdad ” no tiene necesidad de imponerse porque no requiere de validación externa como motor. Es, y ya está. Confía en que cumple un propósito.

Por otro lado, y aunque resulta paradójico, esta autenticidad que puede albergar el objeto artístico también está íntimamente vinculada a las capacidades tanto del artista como del que recibe su señal en cuanto a espectador. La obra de arte es el transmisor, el portal a través del cual podemos dar con distintos grados de conexión con “lo misterioso”. A mayor grado de autenticidad, mayor posibilidad de conexión. Pero puede ocurrir que altas dosis de autenticidad no sean reconocidas inmediatamente. La energía que vehicula lo verdadero es a veces tan explícita y fácil de reconocer como sutil, por lo que solemos pasarla por alto, despreciarla o catalogarla ya que requiere de un “esfuerzo” de reconocimiento por nuestra parte, que no siempre estamos dispuestos a hacer pues, en muchos casos, implica dejar a un lado prejuicios y etiquetas mentales. Además, esta autenticidad produce una de las más horribles pandemias por parte de los que se creen incapacitados para reconocerla: la envidia y el miedo, altamente contagiosas.

Como en la vida, en el arte: este proceso nos suele impulsar al juego de la dualidad que se establece entre lo falso y lo cierto, la máscara y la esencia, el ego y el alma. Por otra parte, también nos invita a trascender dicha dualidad, todo tipo de antagonismos, diferencias y comparaciones, yendo un poco más allá de lo aparente. Sólo de este modo, a través de este doble juego (que comprende lo dual y a la vez lo trasciende) seremos capaces de decidir, de no mentirnos, de contactar con nuestra naturaleza más intuitiva y reconocer qué es lo que nos toca profundamente y lo que nos desagrada pero, a su vez, valorar todo lo que la vida nos ofrece con su infinita diversidad y su belleza (incluyendo aquello que rechazamos). Para hacer este ejercicio, es preciso ser capaz de ver la sombra propia, todo lo que uno no quiere ver. Penetrar en nuestro interior, para descubrir nuestra unidad y su secreto: nuestra familiaridad con todo, nuestra pertenencia al mundo.

Generalmente abusamos del “Yo”. Lo usamos desmesuradamente para reafirmar nuestra personalidad, nuestro arte, muestra imagen, lo que creemos ser y hacer. De este modo se suele producir una inflación del personaje que creemos representar a partir de nuestro rol de artista. Pero el luchar por suprimir las máscaras y las imposturas también es peligroso, ya que nos aparta de la realidad. Tal vez, la opción sería la de adquirir una dimensión más global y descubrir en uno un centro que vaya más allá “yo, mí, me, mío”. La personalidad suele limitarnos porque nos lleva a identificarnos con elementos superficiales, asignados por otros o por nosotros mismos por comodidad, por miedo o por ignorancia. A su vez, es nuestra protección. Pero el mal no está en la personalidad en sí, sino en la máscara de una identidad estrecha y limitada. Ahora, ¿cómo llegar a la llama que se oculta detrás del humo si se nos ha dicho que la vida no tiene sentido, que nuestra experiencia es inútil y que nuestra experiencia carece de propósito?, ¿por qué deberíamos buscar la belleza y la verdad si somos un desecho o un bulto informe en un mar de sinsentido?, ¿es que acaso es posible llegar a tocar algo importante con nuestro arte, con nuestros actos, con nuestra presencia si lo que hacemos parece carecer de sentido profundo?

El arte hoy en día es reflejo de este proceso de alejamiento gradual de lo misterioso, de lo sagrado, dando como resultado múltiples imposturas no reconocidas, que suelen adquirir forma de clichés, copias, saqueos, sarcasmos. A golpe de dedo pasamos por la pantalla de nuestro ipad miles de años de historia, los mezclamos con otros estímulos y efectos especiales que esperan llamar nuestra atención. Nos creemos dueños de todo, y como espectadores de tanta información, libres para usar y abusar de todo cuanto se nos planta delante, generalmente desde la falta de reconocimiento expl ícito. Como no somos capaces de retener con nuestra atención la mayor parte de lo que vemos, se filtran inconscientemente al día en nuestra retina miles de influencias, registros, formas y estilos. Esto obedece, a mi parecer, a una falsedad no reconocida por parte del artista contemporáneo, generalmente de espaldas a su “verdadero yo”, así como extraviado en un “falso yo”, incapaz de observarse a sí mismo y autocorregirse; un artista que al mismo tiempo sigue ciegamente ciertos impulsos subjetivos y mecánicos que buscan reconocimiento inmediato, lo que da como resultado obras vacías de alma, excesivamente rebuscadas, estériles, simplonas, amaneradas o efectistas.

Porque no venimos de la nada. Los artistas tenemos padres, hermanos, abuelos, bisabuelos, ancestros (tanto personales, como históricos), que de una forma silenciosa, intangible, esperan ser reconocidos. Se trata de una herencia de una forma particular de sensibilidad, de unos valores que recoger, de una tradición que agudizar, de un propósito que cumplir, de un mundo por descubrir. Tal vez para unos esto es más evidente que para otros. Los recorridos vitales y creativos están sujetos a cambios, errores, contrastes. Esto es lo que nos hace seguir, avanzar, experimentar. Es el estímulo que otorga variedad y dinamismo a la creación. Para eso es necesario no estar ciego a la realidad que nos circunda, al mundo que nos rodea, a la naturaleza, a las relaciones, a los valores, a la humanidad, al cosmos, así como al mundo interior, a los procesos internos y a nuestra propia evolución como especie.

Rechazar las imposturas es equivalente a rechazar las verdades. En este mundo dual, unas dependen de las otras. No hay sobriedad ni elegancia sin que en el otro lado del péndulo existan los excesos, la fealdad, el sinsentido. Pero la Autenticidad con mayúsculas abarca más que las verdades relativas y subjetivas. Mucho más que los gustos y las preferencias. Abarca tanto, que diluye las fronteras de lo dual, así como –paradójicamente- las contiene. Va más allá de la tabla de ajedrez del bueno y malo, “me gusta” y “no me gusta”, bonito y feo, verdad o mentira. La Autenticidad a la que aludimos (y algunos buscamos) es la que nos permite subir varios escalones y contemplar con perspectiva el juego de espejos del mundo dual, sin quedar atrapados en el sueño colectivo y sus divisiones. También es esta Autenticidad, en cuanto a Verdad , la que nos otorga la posibilidad de no negar nuestros instintos, nuestros gustos, nuestras preferencias, nuestra sombra, nuestra luz. Es la que también desde ah í, nos impulsa a integrar aspectos de nosotros que suelen estar divididos y disociados, en una unidad. Se trata de reconocernos, aceptarnos, escucharnos, ser fieles a nuestra naturaleza primordial, a nuestro propósito. Sin estridencias ni artificios innecesarios, no dejar de aprender y de sorprendernos.

Imaginemos esta posibilidad como algo imperativo, tanto para la humanidad como para el arte. Observamos que sí existen la falsedad, la máscara, el efectismo vacío. Pero por otra parte, permitámonos contemplar que también sí es posible avanzar, mejorar, buscar ser impecables, asumiendo la propia impostura como una suerte de vacuna para generar más Autenticidad.