6 postales / Bruno Montané

Il·lustració: Fátima Rocamadour


POSTAL 13

El secreto de la poesía es seguir

la deriva de Orfeo perdido en el Hades.

Su amada lo llama en silencio, la noche

iluminada por sus ojos enormes y hermosos.

El enigma de la muerte no explica

la abyecta injusticia de su separación.

Queremos creer que el secreto de las palabras

los salvará, el enigma que el silencio repite,

la búsqueda desesperada de la mano

oculta en la oscuridad.

La elección de Orfeo es el sumergimiento,

buscar el corazón y el beso de la amada.

La decisión de Orfeo es taparse los ojos

y arrojarse al abismo.

Ésa es la valentía última del príncipe de la poesía,

mendigo de la vida, hermano de Edipo,

discípulo predilecto de Morfeo.

 

POSTAL 16

Yo sólo amo el Mito, decía Mario Santiago

en París, echando de menos a Rousseau

y a su abuela La Comuna. Amar el mito

y siempre caer en el latido de las horas,

allí donde el mito se salva y se hace grande.

Economía geométrica del tiempo que contamos

uno a uno con la sílaba de los dedos y la sombra.

Allí el mito se planta, único y veraz,

coincidiendo con el sudor y la sangre

y ya nadie habla de otras expansiones.

El Mito, lo sabemos, nos sirve para ocultar

la economía de nuestro pensamiento incendiado

y siempre a la deriva. Misterio del endecasílabo

y la leyenda que escapa al poder de la fosa común,

esa otra economía.

 

No es nada personal amigos, pero la oscuridad

no genera leyendas, sólo oprime y azota

a la mano que busca de comer.

 

POSTAL 17

Zurita dijo que el mejor poema

sería el hecho de que la existencia

de la poesía no fuese necesaria.

Todos felices, sin dolor ni miserias,

todos humanos y sin sangre derramada.

La lírica no se vería obligada a llorar

los males del mundo, la abyección

de los asesinatos políticos

las fosas de fuego y mierda.

La poesía, dijo Zurita, no sería necesaria

en un mundo sin males y sin la imbecilidad

humana, sólo equiparable al bíblico Mal.

Desde el fondo de nosotros mismos

esa revelación muestra el radical vacío

entre realidad y deseo, entre la Utopía

y las evidencias criminales de la vida colectiva.

Desde el fondo de nuestro ser ­–creo que dijo–

la dificultad de ser y amar es la lucha

que tendríamos que redimir o reinventar.

La poesía está aquí para decir que todo duele,

dijo Zurita, y que, pese a todo,

hay que amar.

 

POSTAL 18

Deriva. Una voz que habla

bajo los incendiados huesos.

Arte . Toda la vida con esa compañía.

Silencio . Toda la noche escucha

la música del mar.

Búsqueda. El lenguaje de la resonancia

y la indagación.

Metáfora . Siempre dice más de lo que se espera

y de lo que estamos dispuestos a comprender.

Economía. Al final siempre hay una imagen de dolor.

Sueño. La ilusión de las imágenes no cumplidas.

Noche. Atravesar el cansancio y las ciudades

del sueño. Inminencia. El futuro está aquí.

Postal. Mensaje enviado con ansiedad,

una réplica de un poema indiscernible.

Poesía . El cruel sueño del Minotauro,

los recursos de Teseo, la lengua de una extraña tribu.

Hambre. La más instantánea consumación de un sueño necesario.

Carne. Es tierna, es hermosa, es deseada y luego envejece.

Evidencia. La investigación poética es lo que hacemos,

y, por más equívoca que sea, siempre habla de la vida.

 

POSTAL 26

Yo era, sin duda, el más lento de los poetas.

Diez años, poco más de 300 páginas

y no sé cuántos versos, no los he contado.

Ya puedo preguntarme por qué no he escrito más,

por qué no llené 33 cuadernos con poemas

absurdos y solipsistas (el aburrimiento

y terror de la comprensión humana y poética).

Y qué me dicen de esa anteposición del adjetivo…

miren qué anglosajón se creía mi oído de poeta

(que ni siquiera habla inglés).

Pocos poemas escribí, digo, si nos atenemos

a una esencial y ridícula estadística.

El tiempo es y no es cosa de la poesía

–lo digo ahora que no me oye nadie–;

sin embargo, créanme, háganme caso,

la poesía vive y mide el tiempo de otra manera.

Ésa es su propuesta,

una apuesta que nadie entiende;

tampoco los poetas.

 

POSTAL 35

Pensaste que las calles de la ciudad

serían liberadoras y no el jardín de niños

tristes y adoloridos que al final resultó ser.

El tiempo hizo su involuntaria tarea de taxonomista,

la memoria se comportó como un loco en un circo,

la lógica siguió disimulando su tarea,

tan cara y tan hábil en mano de los sumulistas,

esos viejos y raros maestros de tu amigo muerto.

Pensabas en esa ciudad como si de una maqueta

se tratara, la exacta precisión de una vida minúscula

que la Historia hizo grande: la pereza existencial

y la economía te habían confinado entre sus murallas

–bellas y bien adornadas, siempre trasunto

de otros muros que sólo una larga vida haría descifrables–.

 

Crecemos en las ciudades y olvidamos

la incómoda sabiduría de la espelunca,

la caverna de las ratas y los conejos,

la cueva del cojo Platón, la saliva y la sangre

que brilla en todos los umbrales.

Vivimos en las ciudades para creer

que nos libraremos de la pesadilla.