La utopía de lo espiritual en el arte / Matías Krahn

Il·lustració d'Ahmed Bessayà Nouri
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Escribir sobre la utopía me lleva a personalizar porque es, precisamente, de lo particular a lo general como se conforman intenciones más complejas. Siempre hay un primer tambor (cacerola, flauta, etc) que desde su reclamo de atención puede movilizar a otros sujetos dispuestos a generar un cambio. Pero ¿de qué cambio estamos hablando? ¿Porqué un cambio? ¿Hacia dónde se dirige ese cambio? Sin duda, hace falta una intención que articule todo, o en su defecto, un malestar que deja entrever la entrada de una luz nueva.

Recuerdo que en mis tiempos de estudiante de Bellas Artes, mi profesora de Historia del arte Ana María Guasch me decía: “Tú todavía crees en las utopías”. Se refería a mi fascinación por las primeras vanguardias en su vertiente más “espiritual” que común y erroneamente se han calificado como “formalistas”. Algo ahí me parecía, y me parece aún, muy vivo, a pesar de los cambios y del curso de la historia. Al contemplar la obra de ciertos pintores entiendo que hay un hilo muy fino, apenas perceptible para muchos, que trasciende el ruido de la vida y que va más allá de los juicios de valor. Ese algo intangible que hace que se me prenda una vela en el estómago. Quién no haya sentido eso nunca, o se haya resistido a eso, se pierde el milagro transformador del arte. No estamos hablado de los juegos de la mente, de las asociaciones formales, de los juegos de conceptos, de las contextualizaciones históricas. Todo eso queda en un segundo plano. Se trata de la actitud de la persona que está detrás del artista que construye la obra. La intención pura y firme de desarrollarse como ser humano y de explorar terrenos tan ambiguos como concretos tanto en su vida como en su creación.

Se nos plantean nuevas preguntas: ¿Qué es lo espiritual? ¿Porqué debería pretender el arte alzarse por esos terrenos tan fronterizos? ¿porqué precisamente en estos tiempos de consumismo y de materialismo absurdo? Pues, precisamente por eso. No se trata de un lenguaje formal cerrado o de un vocabulario pictórico único al cual remitir. Eso ya vimos que no dio mucho de sí, precisamente porque para llegar a algo uno debe integrarlo a nivel de consciencia y no como estrategia, trucos o atajos, a partir de los cuales llegar a resultados aparentemente transformadores. La magia requiere de unos pasos. El misterio del arte no es cosa para tomársela a la ligera. Es un juego de equilibrios muy complejos que poco tienen que ver con la pintura como tal. Se trata de una suerte de alquimia mucho más refinada, que se gesta en el ruido de la calle, en la soledad de una habitación, en el núcleo de las relaciones, en el rezo o la meditación o en la contemplación de la naturaleza, etc. Porque si no hay transformación en la vida, a poco podemos aspirar como creadores. Si pinta el pintor el resultado siempre será más pobre a si deja que eso “otro” se manifieste a través suyo (desde el desapego al proceso y al resultado) y haga su trabajo. La personalidad no puede competir con el alma. Para acceder a ese magma infinito debemos trabajar con nosotros mismos y no sólo a un nivel “etérico”, sino en un terreno puramente material y físico.

¿A qué pintor no le gustaría poder causar un impacto en el espectador? Desde luego, hay diferentes maneras de hacerlo. Ya conocemos de sobra el acelerado vértigo que generó la modernidad y la búsqueda constante de novedad de las vanguardias históricas, basadas en una idea lineal y progresiva de la historia. También conocemos sobradamente el vomitero postmoderno. Tanto la anestesia sensorial que nos ha provocado el “todo vale” del pluralismo y la posthistoria, así como la vertiente crítica y conceptual que aún pretende validarse desde la provocación, la reivindicación política o con otras estrategias que ya conocemos sobradamente pero que continúan revalidándose desde un sistema cultural radicalmente enfermo y maltrecho.

En este panorama ya quedan pocos artistas que desde una actitud sincera pretendan acceder a la fuente de la creación, desde el respeto,la humildad que requiere tratar con lo sagrado. Desde luego no es una tarea fácil. Generar dicha actitud requiere de mucha autobservación y trabajo con uno mismo. Atreverse a mirar directamente a las sombras del “falso yo” y a las construcciones de la personalidad, al juego de espejos que nos hace confundir la voz de los árboles con la voz del bosque. La pose del genio creador, “místico” y visionario por derecho propio es el mayor enemigo del buscador. Pero ahí no acaba la cosa: la baja autoestima y la poca fe en el potencial creativo propio también es letal. No hay posibilidad de vehicular nada de valor si el que lo ofrece no siente ni cree en lo que está haciendo, no tiene fe ni siente pasión. La pintura absorbe e irradia nuestros miedos, dudas, ruido mental, inseguridades. También puede reflejar nuestra luz, nuestro esfuerzo consciente, nuestra auténtica esencia, más allá de los espejismos y las apariencias distorsionadas y conectar con algo mayor.

¿Cómo pretendemos llegar a algo elevado en nuestro arte si como personas aún no hemos despertado completamente? Esta pregunta, presupone el hecho de que aspiramos a eso; a abrirnos a lo inombrable en toda su complejidad y que, a través de la pintura, intentamos que circule a través nuestro, de la manera más pura y clara posible, su magnitud y su misterio. A ese nivel, el simple hecho de pintar constituye una utopía. La del intento del pintor de crear una realidad capaz de hablar por sí sola. Un objeto limitado espacialmente y con unas características formales determinadas que, más allá de su apariencia, puede despertar la conciencia de la gente, mover algo. Tal vez el arte no existe si no hay nadie que lo observe y con su presencia y atención le de sentido. O, tal vez, ya posee un valor autónomo y actúa en la realidad a un nivel sutil aunque nadie lo vea, lo valore, lo aprecie o lo verifique. Así como los actos de amor y de caridad desinteresados y anónimos hacen que el mundo mejore y las violaciones a los derechos de la humanidad y de la tierra hacen que ésta se enturbie, de la misma manera, lo que ofrecemos al mundo como arte posee un valor, una energía.

Sería importante que en nuestra época materialista y desposeída del sentido sagrado de la existencia, el pintor fuera capaz de recuperar una actitud sincera y auténtica ya que es guardián de lo que está dando al mundo, de lo que está pariendo. Es el primer responsable en saber qué vibración e información posee aquello que arroja al mundo, como objeto, como pintura. Para eso requiere de una actitud sincera y honesta, a la cual sólo se accede a través de un trabajo constante e intenso con aquello que a ninguno le gusta ver de si y de su vida. Aquello que barremos y colocamos dejado de la alfombra por nuestra comodidad.

No es fácil pintar desde ese sentido de lo sagrado. No es una construcción que se genere artificialmente. Requiere de un trabajo constante. Una suerte de alquimia personal que permite unir mente y corazón. Complejo equilibrio dejarse llevar por la corriente y a la vez saber dónde se quiere ir, conocer el destino final. No tomarse las cosas muy a pecho ni demasiado en broma.

Tal vez este proceso en la pintura que tiene que ver con nuestra humanidad sea una utopía. Pero la utopía puede ser tanto un sinsentido como el sentido supremo, si lo abordamos en términos de acceso a nuevos terrenos misteriosos poco explorados, sólo accesibles a través de la magia, lo sagrado y al reino del alma. Visto así, la utopía de la pintura contemporánea como vehículo espiritual ya no se presenta como una realidad posible única, estática, estilística, comprensible desde patrones modernos racionales o desde los cánones postmodernos, que convierten todo intento en un objeto de consumo absurdo o en un objeto material desechable. Porque la utopía se hace y se deshace constantemente desde el mundo de las ideas hacia el mundo de las formas. Existen utopías paralelas, personales y grupales por lo que es fácil confundirse y olvidar que es un punto de partida, no un punto de llegada. Como una rana que no se deja atrapar, que salta sin parar y a la cual se nos dice que no cazaremos, pero cuyo color (tal vez venenoso) nos hace sentir que vale la pena esta aparentemente “absurda” hazaña.

Una parte de la utopía en la pintura contemporánea, a la cual nos referimos aquí, tiene que ver con el afán pretendidamente inocente, que no ingenuo, de intentar recrear algo de aquel arte de todas las épocas y culturas (más allá de etiquetas y narrativas) cuyos valores están enraizados en lo sagrado. En este sentido no se trata tanto de un simple juego superficial y formal, sino de una postura integral y compleja que realiza el pintor en relación a su propia identidad y valor y, a su vez, con el sentido profundo del arte y de su aura. El artista, en este caso trabaja desde su ser, desde la introspección profunda que implica el sincerarse con respecto a todo la estructura de su personalidad más allá, indagando a través de sus diferentes centros. No sólo con la mente, no sólo con sus emociones o con sus vísceras sino con todo a la vez, incluido lo que no vemos y está.

Tal vez es una utopía el creer que es posible rememorar y expandir el terreno antes abierto por los pioneros del arte. Recuperar la llave escondida que permite abrir nuestra conciencia y comunicarnos con algo mayor. Pero hasta que la utopía no se haga realidad, seguirá siendo utopía, y vaya realidad sin la creencia de la dimensión espiritual!