La buena educación / Tito Inchaurralde

Il·lustraciódeT.I.

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Las primeras facultades que se forman y se perfeccionan en nosotros son los sentidos, que deberían por tanto, ser primeramente cultivados y que, en cambio, se olvidan o se descuidan del todo. Ejercitar los sentidos no quiere decir solamente usarlos, sino aprender a juzgar bien a través de ellos, aprender, por decirlo así, a sentir, porque no sabemos tocar, ni ver, ni oír más que de la manera que hemos aprendido.

(Rousseau: Emile , II)

 

¿Planes? Eso era mucho decir. Un plan presupone tener un ideario basado en un trabajo previo de investigaciones contrastadas, llegar a conclusiones objetivas, marcar una meta posible y trazar una línea de trabajo coherente y eficaz para su consumación, y todo ello dentro de un plazo razonable. Siendo generosos, lo que él tenía era un revoltijo mental y eso sí: una voluntad de hierro. El trabajo que Jacobo ejercía, como profesor de dibujo en el Instituto de Educación Secundaria Nª Sra. de la Concepción, no le reportaba muchos beneficios, sólo los suficientes para cubrir sus necesidades. Jacobo era una persona austera y si algo tenía claro era que sus planes no incluían al dinero. Por otra parte, el trabajo docente le gustaba y lo consideraba una herramienta fundamental para impulsar el “cambio social” que tan vehemente demandaba. Mas, sus planteamientos, hasta la fecha, siempre daban con el muro de incomprensión que la dirección del centro, el jefe de estudios o sus compañeros del claustro levantaban bajo la sagrada consigna del programa: «Lo sentimos, eso se sale del programa». «No puede ser, no consta en el programa». «El programa no contempla…».

Así, se vio obligado a desplegar estrategias, adaptando, a hurtadillas, el programa oficial al suyo propio. Poco tardó en observar que la mayoría de sus alumnos eran incapaces de hacer la o con un canuto y, convencido de que en las escasas horas lectivas disponibles jamás lo conseguirían, no dudó, contradiciendo al dichoso programa, en sustituir el aprendizaje, meramente práctico, de la representación en perspectiva por una serie de conferencias amenizadas con proyecciones de bellos grabados clásicos y toda suerte de cachivaches: aparatos de medición, cámaras oscuras, poliedros... Les introdujo en los modelos geométricos del universo de Platón y de Kepler; les habló de la linterna mágica, del perspectógrafo, de las teorías de Desargues; fabricaron esquemáticas escenografías y proyectaron sombras… Para él, todo aquello era una puerta de acceso a un mundo de maravillas; para sus alumnos, un circo disparatado que les libraba de sudar tinta. El objetivo principal era hacerles entender que aquellas experiencias tenían como objeto la representación de la realidad y, como podían observar, con resultados obviamente dispares. Su interés radicaba en conseguir que aprendieran a mirar la realidad y obtuvieran de ella su propia perspectiva. Al fin y al cabo, se trataba de una asignatura optativa que no puntuaba en la selectividad —nadie podría reprocharle nada—. Le había costado, pero ahora creía estar en el camino correcto. Había conseguido convertir lo que consideraba una asignatura tediosa y maquinal, encaminada a su aplicación encorsetada en los medios de producción, en un camino ameno hacia el conocimiento: fundamento imprescindible para la libre elección. Parte de razón, en lo que a amenidad se refiere, debía de tener. Milagrosamente, consiguió que sus tres aulas, plagadas de marujas y cabestros con las hormonas revolucionadas, mantuvieran el culo sentado y atento. Incluso el rebelde Pedro Pina, repetidor reincidente, marrullero irreverente y reventador de clases —que conservaba su matrícula gracias a una generosa donación que su padre ingresó en la cuenta (corriente) de la orden— seguía las explicaciones con cierto interés. Esto último no debió pasar desapercibido a la dirección del centro, que consintió, aun con cierta reticencia, lo que él denominó le coup de graçe : un proyecto para rematar su trabajo y el de sus alumnos.

El instituto ocupaba toda una manzana; los edificios que lo constituían se levantaban perimetralmente en sus tres cuartas partes dibujando una C y, aislando el patio de recreo del mundo exterior, un muro cerraba el conjunto. La propuesta consistía en decorar el viejo muro con el trabajo de los alumnos. Dividirían la superficie del muro en tres partes semejantes, una por aula. Cada grupo, tras una reunión asamblearia sin injerencias por parte del profesorado, decidiría el trabajo a realizar y el centro dispensaría el material necesario para su realización: unos cuantos kilos de pintura. Jacobo era, en última instancia, el responsable de lo que allí se pintara y, por tanto, revisaría las propuestas con cierta antelación.

La cosa no pintaba bien, le basto una ojeada para comprobarlo. El grupo A propuso una pintura abstracta con formas orgánicas de difícil definición; la elección fue por una mayoría tan aplastante como el efecto que los puños de Pedro Pina y sus acólitos ejercieron sobre los rostros de los disidentes. El propio Pedro Pina presentó el proyecto; a unos los compró, a otros los amedrentó y al resto directamente les partió la cara. El grupo B trabajó más acorde con los principios democráticos. Cada uno de los alumnos argumentó su propuesta con la sana intención de llegar a un consenso; tras horas de reunión lo consiguieron: si en algo estaban todos de acuerdo era que no estaban de acuerdo. La decisión fue salomónica: dividieron la superficie en 32 partes iguales y cada uno plasmo su proyecto. El grupo C practicó algo que podríamos calificar como democracia prebélica. Discutieron acaloradamente durante días: no presentaron nada. No obstante, Jacobo les animó a seguir intentándolo: «En última instancia podréis improvisar algo in situ ».

Llegó el día. Era de madrugada. El muro lucía un blanco inmaculado, obra del esforzado conserje. Cada grupo ocupo su lugar. El grupo A desplegó una enorme plantilla troquelada, transportó las líneas básicas del dibujo y, seguidamente, comenzaron a rellenar con vivos colores; todos trabajaron codo con codo, por supuesto, bajo la atenta mirada y las órdenes de Pedro Pina y sus esbirros. El grupo B dividió escrupulosamente el espacio en 32 viñetas iguales y, allí, todos amontonados, sirviéndose de pupitres los de arriba o tirados por el suelo los de la zona inferior, comenzaron a trabajar protegiendo su espacio a codazos. El grupo C siguió discutiendo, sin resolver nada, hasta que alguien volcó un cubo de pintura sobre la cabeza de un compañero y se desató el conflicto; Jacobo tuvo que intervenir y se llevó también lo suyo. A media mañana, coincidiendo con el recreo de los cursos inferiores, el trabajo se dio por concluido. Jacobo observaba el resultado con decepción. El grupo C: nada, la pared en blanco con cuatro goterones producto de la reyerta. El grupo B: un edredón, eso parecía, un edredón de patchwork en proceso de desintegración, un todo a base de remiendos. Pero… el grupo A: ¿Qué diablos era aquello? En ese preciso instante sintió una mano en el hombro y la voz inexpresiva del conserje: «Por favor, acompáñeme». Sin más explicaciones, el conserje echó a andar hacia el edificio principal. Jacobo le siguió por pasillos y escaleras, sin mediar palabra, hasta la puerta de la hermana directora. «Pase, pase», insistió el conserje abriendo la puerta. En el interior se encontraba la hermana directora acompañada de un par de siervas que no paraban de santiguarse y, con ellas, el jefe de estudios don Porfirio. Permanecieron inmóviles, con las caras más largas que había visto jamás, desafiándole con la mirada, una mirada que taladraba. El ambiente de puro tenso resultaba insoportable. «Pe… pero qué pas… ¿Es qué ha pasado algo? ¡Por favor, digan algo!». «¿Qué si ha pasado algo? ¿Qué si ha pasado algo? ¡Mire!», gritó, encolerizada, la hermana directora señalando a través del ventanal que daba al patio. No podía dar crédito a sus ojos. Se puso blanco, amarillo, verde, azul, volvió al blanco y empezó a ponerse rojo, contuvo el aire en sus carrillos que se fueron hinchando hasta explotar. Una tremenda carcajada retumbó en los pasillos del centro. Aunque hay quien sostiene que lo que realmente se oyó fue el enorme bofetón que la hermana directora, instantáneamente, estampó en su cara. «¡Qué bueno! ¡Qué hijo de…!», exclamó Jacobo sin poder contener su entusiasmo. Pedro Pina había realizado un buen trabajo; por supuesto que era mejorable y el asunto resultaba grosero e inadecuado —de haberse sabido no habría pasado el control—; pero, aun con todo, respondía indiscutiblemente a las expectativas iniciales: aunar los contenidos del curso con la libre expresión. Había creado una anamorfosis más que aceptable. Lo que observado, más o menos frontalmente, parecía no representar nada adquiría sentido a medida que el punto de vista se desplazaba hacia la izquierda y, desde aquel ventanal, la imagen cobraba todo su sentido. Allí quedaba retratado todo el profesorado como Dios los trajo al mundo. En primer término, presidiendo —como corresponde—, la hermana directora elevada en el éxtasis gozoso que las bolas de un prominente rosario, al roce con sus genitales, le proporcionaban mientras, golosamente, practicaba una felación a don Porfirio que a su vez era sodomizado por el profesor de gimnasia ­—que también­—. Y así uno tras otro, hombres y mujeres practicando todo lo imaginable e inimaginable. Una generosa conga fantasmal donde todos daban y todos recibían.

Antes de acabar la jornada, la pared estaba completamente cubierta de blanco. Al parecer, la opción del grupo C se ajustaba mejor al programa. Pero, mientras el esforzado conserje se debatía con el rodillo, por allí desfilaron, alborotados, todos los cursos buscando el punto de vista para no perderse el espectáculo. Con el tiempo, la pared blanca tornó en gris pálido, todo volvió a ser como antes, como siempre; bueno, todo no, desde aquel día, la hermana directora y don Porfirio serían conocidos, entre el alumnado, como: la hermana Sor Bete y don Porculo.