Un solo Dios, un solo hombre, dos mujeres saladas y algo para picar (o El arte en España produce hambre)/ Tito Inchaurralde
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“Modeló Yavé Dios al hombre de la arcilla y le inspiró en el rostro aliento de vida, y fue así el primer hombre ser animado [...] Y dio el hombre nombre a todos los ganados, y a todas las aves del cielo, y a todas las bestias del campo; pero entre todos ellos no había para el hombre ayuda semejante a él. Hizo pues, Yavé Dios caer sobre el hombre un profundo sopor; y dormido, tomó una de sus costillas, cerrando en su lugar con carne, y de la costilla que del hombre tomara, formó Yavé Dios a la mujer, y se la presentó al hombre.”

Génesis 2: 7-8, 20-23. Sagrada Biblia. Versión directa de las lenguas originales por Eloino Nácar Fuster y Alberto Colunga Cueto, O. P., Madrid, 1969.

“Se eligen unas chuletas del lomo, y para que sean de buen tamaño, se cortan a razón de dos costillas cada una, se suprime uno de los huesos y se les quita el de la espina dorsal, se limpia la piel y grasa y se rasca el mango hasta dejarlo limpio, dejándolo de cuatro a cinco centímetros de largo, se aplanan con el mazo dejándolas bien redondas...”

Ana María Herrera. “Chuletas de cordero a la parmesana”, Manual de cocina (recetario). Sección femenina de F. E. T. y de las J. O. N. S., Madrid, 1959.

Al principio creó Dios los cielos y la tierra, durante cinco días creando estuvo para sí mismo, y en el sexto y último que a tan ingente tarea dedicó, creó al hombre a su imagen y semejanza, y dio a éste el privilegio de nombrar todo cuanto había creado. Por último, antes de descansar, creó Dios para el hombre a la mujer. La mujer llegó la última al mundo que Dios creo para sí mismo, incluida la burda réplica incompleta llamada hombre. El hombre explicó a la mujer, a su manera y como pudo, todas las maravillas. Quiero —porque me gustaría que así hubiera sido, sin más— entender que, en el origen, hombre y mujer formaron un verdadero tándem, repartiendo sacrificios en el curso de los días, hacia un destino común. Pero a tenor del relato que de los hechos del pasado, y no tan pasado, nos han llegado, nada me hubiera extrañado que, gustosamente, más de una mujer se hubiera arrancado una costilla y se la hubiera arrojado a su marido a la cara, si acaso con ello hubiera saldado la fabulosa deuda. Y es que: donde la razón no alcanza la maldad encuentra abono, la maldad de los hombres a cuya sombra la mujer casada exclusivamente cocina, cose, copula, cría, y en el peor de los casos cobra y calla. Y en este imperio se da: que los chefs (jefes) siempre son hombres, y las recetas que se sepa de la abuela, por supuesto; y, en mismo orden jerárquico, los primeros añaden espectaculares precios a lo que las segundas nos regalan. Pero, desde el desalojo de aquel jardín en Edén, nada es inmutable, y a nadie debe extrañar que en este tiempo que dicen posmoderno, allí donde (por suerte, sobreseimiento o derogación) tan injusta ley no rige, hartas del ninguneo dominante que aprovechó sus logros sin recompensarlos, no pocas mujeres elaboren sus nuevas creaciones a partir de materiales y técnicas asociadas a lo que durante siglos fueron ocupaciones casi estrictamente femeninas, distanciándose así de las formas que venían siendo patrimonio masculino, y reafirmando en la elección tanto su feminismo como su feminidad. La consigna está bien clara: Si bien no podían devolver la dichosa costilla, no tomarían nada más prestado. No obstante, en la España de 1971, cuando Gloria Van Aerssen y Carmen Santonja bautizaron en un alarde conceptual a su dúo musical como Vainica Doble , por lo general, el nombrecito de “marras” conducía más al equívoco que a su justo entendimiento. Desde luego no se trataba de chicas ye-yes al uso, sino de dos —aunque jóvenes— mujeres de dulce aspecto —un poco hippie si acaso— más cerca de ser las madres del público, hacia el que la maquinaria de la música pop dirigía todos sus esfuerzos, que sus compañeras de baile. Pero es que ellas no habían venido precisamente para animar los bailes de moda, sino para cantar finísimas crónicas de la España de fin de siglo o, al menos, a intentarlo. Canciones construidas sobre textos inteligentes, alejados de estereotipos y del pastiche de lo anglosajón dominante, que musicaron mezclando, disfrutonas y sin pudor, las estéticas del pop y el rock con la variedad de lo hispano —con clara preferencia por los géneros “con faldas”, desde coplas a canciones de corro—. Variedad y heterodoxia, y aunque no se les reconoce poderes sinestésicos, no resulta descabellado atribuir a su doble condición de pintoras (Gloria estudio Bellas Artes y Carmen forma parte de la tercera generación de pintores dentro de la misma familia, “...mi bisabuelo era Rosales, el del Paseo...”) la variedad “cromática” de unas canciones que pasan de la artesanía popular y los oficios artísticos al arte conceptual como si de una misma cosa se tratara. Precisamente en este ámbito de las bellas artes, o artes plásticas, o bellas artes plásticas, o si lo prefieren bellas plásticas o artes artes, empeñaron ambas gran parte de sus horas y su talento; pero no fue hasta su última entrega En familia ( Elefant Records, 2000) que le dedicaron de manera explícita un par de canciones y, por cierto, ¡vaya par de canciones! Escritas en el genuino lenguaje que siempre ha caracterizado al dúo (aunque, curiosamente, no por ellas sino por dos vástagos de Gloria); y que, al alimón, interpretan magistralmente, como si en ello les fuera la vida, no dejando ni un resquicio de duda sobre su completa adhesión a cada una de las notas y sílabas que las componen.

Son dos platos de buen gusto que Vainica Doble sirvió al nuevo siglo y que, en un arrebato de impudicia, me he atrevido a glosar. Ya de chaval acostumbraba a hacerlo, con otro estilo, interrumpiendo las tediosas explicaciones de los maestros. Y a pesar de los castigos, la algarada que en ocasiones producía era de lo más gratificante. Nunca me arrepentí ni me arrepiento. Esta vez no sé qué me mueve a ello, pero como novedad y por respeto les ruego que admitan mis más sinceras disculpas. A pesar de sus títulos genéricos, como en ellas es habitual, hacen referencia a lo particularmente español. La primera canción ( El pintor ) es un relato patético sobre la situación miserable que padecen la generalidad de sus oficiantes, tan tópico, a la vez, que cierto como que las ranas no tienen pelo. —¡Vaaale... alguna! (tendré que consultarlo)—. La segunda ( El museo ) se me antoja un manifiesto resultante de un hartazgo, no precisamente culinario. Aquí, como Escarlata O'Hara, lanzan al viento y al futuro un conjuro. Lástima, tal vez en venganza por su osadía, no sé bien si el viento, el futuro o el mismísimo Yavé Dios, cogió a Carmen por aquellas fechas con las manos en la masa* —sí, hasta el codo, tal como se encontraba Él en aquel tan creativo como lejano día sexto— y la privó de cuajo de los manjares de la vida; pero de momento, no a nosotros. Buen provecho.

* Título de la canción compuesta por Vainica Doble e interpretada por Gloria Van Aerssen y Joaquín Sabina como sintonía del programa televisivo homónimo dirigido y presentado por Elena Santonja (hermana de Carmen y también pintora). El programa enseñaba cocina basada en el recetario tradicional español aderezado con la amena inclusión de invitados famosos pertenecientes otros ámbitos. Cabe señalar que gozó de enorme popularidad durante su retrasmisión (segunda mitad de los años 80).

 

EL PINTOR

"No tiene solución, no hay más carbón ni tampoco astillas. / Voy a quemar sin compasión la última silla."

¡Empezamos bien! Nuestro protagonista hace referencia al frío que pasa y con ello a la miseria material en que se encuentra. Parece ser que está en las últimas y el relato no ha hecho sino comenzar. Atención al primer verso, tiene más de epílogo que de prefacio. Dejémoslo en profecía.

"Es sepulcral el frío boreal, frío infernal, doy diente con diente./ Y para mi mal, hoy viene mi primer cliente."

Insiste en el frío. ¡Está "muerto" de frío!, de un frío infinito. No sería de extrañar que también pasara hambre, sus dientes chocan entre sí sin encontrar amortiguación alguna en su recorrido. Lo que debiera proporcionarle alegría: un cliente, parece ser un drama. En la espera no sólo ha quemado todo el mobiliario sino hasta el último resquicio de amor propio.

“Primor de la naturaleza, ella es muy bella y me trae de cabeza, me hace sufrir. / Quiere que pinte su retrato, pobre aprendiz de pintor tan novato./ Me puede salir un garabato.”

En el contexto del arte actual un garabato sería lo deseable, pero... para apreciarlo, hace falta algo más que una supuesta sensibilidad, y su cliente tal vez no... No obstante debería arriesgarse. La chica le gusta, él la desea y en su decrépita situación sólo su ingenio puede salvarle; pero... alguien con la autoestima por el suelo duda y tiende a justificarse. Y se dice: Si al menos fuera mi arte reconocido atajaría el encargo con atrevimiento... ¡Vaya tontería! ¡Al menos! ¡A lo más, querrá decir! Si así fuera, la situación sería totalmente distinta, pero es la que es, y como en éstas estamos, la belleza de la modelo no viene sino a turbar más, si cabe, al pintor. Los nervios se disparan, su mente se nubla. Acomplejado, se siente en la obligación de mostrar su valía, disipar toda duda sobre su capacidad y oficio. Y se excusa: Al fin y al cabo es un retrato. ¡Que nadie pueda decir: Que si la nariz..., que si el ojo derecho...!

Un nuevo sacrificio del arte en favor del yo qué sé. Pan “pa” hoy. En fin. Un pez solitario mordiéndose la cola.

“Por el ventanal se me cuela el vendaval, falta un cristal. Sopla de la montaña

frío glacial. Mal se presenta el panorama.”

Pues eso.

“No tiene solución, ya no hay carbón, me hallo en un brete.

Voy a quemar sin compasión mi caballete.”

Su vocación es una trampa mortal. Quemará sus naves para salvar la vida o alargarla un poquito.

“Por el ventanal se me cuela el vendaval, falta un cristal, sopla el “Guadarrama”

viento glacial. Mal se presenta el panorama.”

Erre, que erre.

“Ella imagina su retrato: Venus envuelta en un tul con un gato azul ultramar. / Ella imagina su retrato: Venus en exhibición sin recato. / Me va a hacer pasar malos ratos.”

Sí claro, malos ratos, un gato. Un señor gato... ¿como... aquel que pintó Chagall observando París por la ventana? Sí, ese con mirada y perfil humano. ¿O como los que aparecen en las nada inocentes pinturas de Balthus? Gatos que comparten escena con esas niñas que leen o sestean en... posturas, o lisa y llanamente muestran su sexo. Sí, el gatito de Alicia. ¡Claro que imagino el retrato! Y la belleza de la modelo, Venus en exhibición sin recato . ¡Casi nada! ¡Y lo que haga falta! ¡Quién fuera el gato! La idea de nuestro pintor no debe andar muy lejos. Un gato azul, qué casual. ¿No es éste el color que adquieren los cuerpos en estado de congelación? ¿Aunque..?, quizás sea más acertado relacionar el color con la tristeza que le invade, como en la canción de Roberto Carlos Un gatto nel blu, que comparte el juego dilógico anglosajón que asocia un color con un estado anímico y a su vez con esa blue note depositaria de la tristeza y malabarismos de un pueblo desarraigado y sin rumbo. Estamos ante una imagen simbolista que parece más el fruto de la imaginación del pintor, del delirio emocional producido por el abandono día tras día a su trabajo solitario, que el supuesto encargo de la propia modelo. Encantado cambiaría su extrema situación de soledad —ya no le acompañan ni los muebles— por la de un animal de compañía y recibir su ración diaria de arrumacos. Por cierto, no es éste el primer gato que se cuela entre los versos de Vainica Doble, en Cascabel... (de su primer Lp) los censores, con su habitual despiste, anduvieron dándole vueltas a que el gato en cuestión podía ser Franco, este tan blue bien podría ser nuestro pintor.

“Ella imagina su retrato: Venus envuelta en un tul con un gato. Me va a hacer llorar.

Na na na na na na na na na na na na na na na na na na na na na na na na na na na...”

Pobre hombre, está hecho una mierda. Y finaliza: Na na na ... No: la la la... ni ye ye ye... Dos veces “na” significa “na de na” y la canción termina con incontables “nas” que se funden en el silencio, en la más absoluta “na”.

Ciertamente, para echarse a llorar. En términos generales, la canción no es sino una hipérbole del chiste que responde a la pregunta ¿Qué es el-arte?: Mor-irte de frío.

Humor negro, o azul si lo prefieren.

 

EL MUSEO

“No quiero ir a otro museo, que me entran ganas de tirarlo todo por el suelo.

No pienso estar horas y horas y más horas esperando en una cola.”

Quien no ha tenido nunca esta tentación: no tiene sangre, ni músculos ni huesos ni, como en el tema anterior, “na de na”. No sé qué manía les ha dado por los museos a cientos de miles de personas que internarían a sus hijos en clausura antes que verlos con un pincel en la mano. ¿Se lo imaginan?: ¡Papá, Mamá! ¡Quiero ser pintor! Bueno, debe ser como cuando van al circo, todos aplauden, pero nadie desearía que su hijo tragara sables y su preciosa hijita fuera una foca con una pelota en la nariz.

“El museo del Prado, el Reina Sofía, mil galerías, el Palacio de Cristal.

Ya me he cansado de mirar, no puedo dar un paso más.”

Para ir a un museo hay que pensárselo dos veces, además de: vitaminizarse, súper mineralizarse y almorzar fuerte, si uno no quiere sufrir una pájara. Allí nos esperan kilómetros en los que hay que ganarse el respeto visual a codazos.

“Me quiero ir a un mesón, pedir un tinto y una de jamón.

Oír las voces en la barra, pedir si acaso una de gambas.”

La reacción es bastante lógica. Los estados de ansiedad conducen en muchos casos a una deglución convulsiva. No podía ser menos en este país enfermo de lo que podríamos diagnosticar como “hambre histórica”, y que desde tiempos inmemoriales viene derramando por los caminos generaciones de “carpantas”. Hombres y mujeres dispuestos a comérselo todo. Robaperas endémicos que en el declinar de sus días, de cada tres palabras que pronuncian dos son comida y la tercera un “fiambre”.

¡Y charlar! ¡Pues claro! A voces, de fútbol o del tiempo, bromear relajadamente, acabar con los siseos al oído mientras se intenta interpretar, entre las tinieblas de las salas, las formas, colores y lenguajes de otros tiempos. Tanta compostura y concentración resulta agotador, exige un respiro, relajar la mente, la glotis y los esfínteres. Y, por supuesto, gambas, croquetas, un pincho de tortilla, unos “champis” o lo que sea. A lo de las gambas no debemos hacerle mucho caso, podría responder a una fijación personal de Carmen Santonja por los crustáceos rosados con muchas patas (que en otras culturas viene a ser como comer arañas, cucarachas o algo más asqueroso), según se deduce de unas palabras de su compañera Gloria Van Aerssen referentes a la canción Rufino , que interpretaba “a grito pelao” Luz Casal: « Fíjate que yo entonces tenía una tienda de marcos en Cuenca y oigo por la radio: “¡Rufino me lleva a comer langostinos!”, y le dije a mi colega: “¡Eso sólo puede ser de Carmen!”».

“Un interminable pasillo, me lleva por fin al último Murillo.

Mi cabeza va a estallar, por aquí he pasado ya.”

Genial. En un laberinto siempre tropezamos con un muro, en este caso pequeño, probablemente una “Inmaculada” de carnes prietas y sonrosadas, que esconde bajo la túnica: magra pechuga y poderosos brazos de tonadillera a punto de arrancarse Échale guindas al pavo... Y, evidentemente, con su respectiva guarnición de angelotes rollizos como rostrizos. O en el que descansa algo más prosaico: dos pillos piojosos y harapientos partiéndose un chusco, o un melón, o uvas, o lo que sea, ñam, ñam, ñam .

“Voy buscando una salida desesperada, no aguanto más las ganas de fumar,

y suspiro al contemplar un bodegón de Zurbarán.”

¡Y quién no! ¡Ay... esos bodegones de fondos negros y platos desiertos! ¿Metafísica?, ¿espiritualidad?, ¿mística? Por supuesto, la producida por el ayuno que conduce al delirio. ¡Qué miseria! ¡Qué hambre!

¡Ay... fumar! Tanta espiritualidad y recogimiento dan ganas de fumar. ¿Acaso mejor ofrenda que el sacrificio de uno mismo (lento y doloroso —que lo he leído en un paquete de rubio americano—) elevándose en blancas volutas hacia el altísimo... techo? Además, quita el hambre.

Por si alguien leyera éstos, mis desvaríos, aprovecho para dar una master class sobre la pintura de “bodegón” en el siglo XVII que les vendrá de perlas para quedarse con sus acompañantes. Abundante comida y apetitosa (salvo escasas excepciones): pintura flamenca, los nombres de los autores son muy complicados, ni lo intente. Racanería y caducidad, normalmente verduras o frutas pochas: pintura española. Si los exiguos alimentos penden de una cuerda para que no los roben: Sánchez Cotán. Un par de peras o tres limones: cualquiera. Nada de nada: Zurbarán, con dos cojones, el puto amo.

“Me quiero ir a un mesón, pedir un tinto y una de jamón...”

Normal.

(Música)

“Me quiero ir a un mesón, pedir un tinto y una de jamón...” (Tres veces).

Pues claro, y yo. Demasiados pasillos, demasiadas salas, demasiados cuadros o lo que sea, demasiada gente... Es agotador. ¿No podrían montárselo de otra manera? Pues parece ser que no. Los responsables siguen confiando en principios físicos donde el tamaño parece ser fundamental, cuando magnitudes como la calidad debieran ser más que suficientes a tal efecto. Y es que, paradójicamente, mientras los tornos de nuestros grandes centros expositivos no paran de girar, las pocas galerías de arte existentes no parecen ganarse el favor de ese público que debiera también serles propio, y buscan en mercados exteriores su parte en el negocio que las mantenga vivas.

Que nuestros artistas modernos han sido más extranjeros (por no decir franceses) que españoles, no tiene discusión, si no en su origen motor sí en su desarrollo, en lo definitivo: allí encontraron el clima que les permitió “serlo”, comercializar con cierta dignidad su trabajo y poder comer de él. Hoy en día el panorama al respecto no parece haber mejorado ostensiblemente. Y, mientras las cavas de nuestra céntrica capital rebosan de reservas y grandes reservas, es tras nuestras fronteras donde los grandes sumilleres seleccionan cuidadosamente los crianza y especulan los gran reserva del futuro, que poco debería importarnos si no fuera porque ello genera el caldo en el que lo contemporáneo tiene lugar; es decir: la vida ahora. Aquí mientras tanto, las cosechas, tras ser picoteadas por cuatro pájaros, se pudren bajo las lluvias otoñales. Y es que el frío y la lluvia no sientan bien por estas tierras. Aquí se viene preferentemente a otras cosas, a tostarse al sol y a... bailar, y por supuesto a comer, y, metáforas aparte, a beber vino —muy bueno, por cierto— o lo que les echen —ya no tan bueno—. Y a expensas de las designaciones extranjeras el erario va quedando sin recursos. No en vano, la Documenta de Kassel en su última edición (2007), en un acto de pragmatismo apabullante, invitó como embajador y justo representante de nuestra vanguardia artística al insigne Ferrán Adriá, cocinero de profesión y padre fundacional —posiblemente a su pesar— de ese nuevo “ismo” que algunas voces citan ya como “cocina molecular”. Parece ser que la fascinación “atómico-relativista” que sedujo al pintor hacia lo abstracto, revive con fuerza un siglo después en la cocina. Como podía suponerse, la reacción no se ha hecho esperar. Ya se escuchan voces que reclaman la vuelta a la academia o, al menos, a un cierto realismo. —¡Vamos, que... si me como un bistec, quiero verlo!—. Que se preparen, esto no ha hecho más que empezar. La comida kitsch lleva muchos años empujando (esos platos combinados de alegres colores, todos distintos y todos iguales; esos “chinos” más castizos y tuneados ya que la cueva de Luis Candelas, los chorreantes burgers y hot-dogs, los extraespeciados y plurinacionales bocados orientales en pan ácimo... etc.), pero, animados a presuponer, ¿no les apetecería una cocina pop rellena de fina ironía, eh?

Minimalista :

—Sí, la carta es enorme, ¿pero...? ¿Aparte de acelgas, tienen algo más? / —Lo mismo, con espinacas.

O si me apuran algo más radical:

—Aquí tiene sus pastillas.

Recursos técnicos variopintos por eso de epatar al público. Unos económicos: comida collage en sus versiones dadaístas o poveras :

—¿Esto... eh...? Yo juraría que son los restos de la mesa de al lado con salsa roquefort .

Otros al alcance de unos pocos creadores, última tecnología:

—¡Qué flipe! ¿Pe... pero? ¿Esto qué es?/ — Fifth dimension chicken , caballero. / — ¿A ver? ¡Ah, pues si! ¡Pollo con patatas! Y por cierto de las congeladas.

O en un alarde conceptual:

—Bla, bla, bla, bla, bla. Su cuenta.

— ¿Chiquicientosmil? ¿Y la comida?

—Si el caballero lo desea, podemos volver a repetírselo: Bla, bla, bla...

Y… ¿por qué no algo más interactivo? : Mate usted al pollo. Para chuparse los dedos.

Y así en un torbellino hasta el hartazgo, hasta invertir el dicho: "Para colores, gustos". Sería divertido. ¿Sería divertido? ¡Ya es divertido! Y en medio de este berenjenal, un comensal empachado de conversaciones culinarias, de peregrinaciones por interminables rutas gastronómicas, aburrido de comer colgado boca abajo... harto de que le tiren la comida por encima, aparta su mirada del plato y la dirige hacia un pequeño dibujín, que aunque no le llena del todo, le hace sentir de alguna forma restaurado. Hace tiempo un señor dijo algo al respecto: “No sólo de pan vive el hombre...” (millones de almas le corrigen diariamente desde entonces: “¡Pero también!”), —disculpen, creo que nos desviamos del relato, volvamos pues donde lo abandonamos— …le hace sentir de alguna forma restaurado. Y en éstas, adquiere el dibujo, un pequeño boceto, casi un garabato, en el que se adivina una joven con un gato. Y con ese dinerillo, el autor a su vez se compra un bocata y, mientras lo devora, con los cambios, también compra y repone el maldito cristal cuya ausencia lo tiene aterido. Y su autoestima se eleva, lo suficiente como para declarar sus sentimientos a la chica del tul. Y la pintura que ella inspira así lo refleja. Y ella lo acepta. Y se aman profundamente. Un pequeño gesto, desviar ligeramente la atención de la cuerda de pensamiento dominante, desencadena los acontecimientos propicios para el cambio. Ahora la canción es otra. La relatividad triunfante. El pintor y su amada no volverán jamás a pasar frío, ni hambre, porque a partir de entonces fueron felices... y comieron perdices. ¿Quién las cocinó? Ella. Dicen que tiene unas manos divinas. Juntitos para siempre en el paraíso. Ya ven. ¿Qué esperaban? Tiempo hace que los profetas no dan una.

Nos dirán que no nos engañemos, que este final es más que improbable, y el paródico paralelismo descrito resulta absurdo, ilógico, mera distracción. Ya en el siglo primero de nuestra era el pintor se arrastraba moribundo, decía Plinio el Viejo, y al poco yacía muerto, en boca de Petronio. Que hubo un renacimiento, dicen, por no aceptar que un cadáver iluminó, durante veinte siglos más, nuestra cultura. Hasta hoy. Hasta quemar sin compasión su caballete. Palabras. ¿Y qué? ¿Acaso no somos también nuestros muertos? El pintor nos regaló para siempre un árbol de profundas raíces y extensísimas ramas. Para quien tanto dio por tan poco, seamos generosos y regalemos un bonito final. Vainica Doble seguro que así lo hubieran deseado, porque siempre han estado y estarán con el pintor, no les quepa la menor duda. No en vano, despachan éste su último disco, y se despiden hasta el final de los tiempos, con una canción reveladora, que, si bien es una parábola, no dudaron en titular El paisaje , convencidas de que la creación, además de algo fascinante y digno de alabanzas por los siglos de los siglos, o un negocio nada desdeñable, también puede ser el mayor gesto de amor imaginado. En sus últimos versos nos dicen con el corazón en la mano:

“Mira, Ven aquí,

todo lo pinté pensando en ti,

sólo para hacerte soñar... y reír.”