El pintor conectado / Matías Krahn
Il·lustracióde Benxamín Álvarez
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Generalmente, en nuestra época, se tiende a confundir la obra con la teoría que lo acompaña. Es como si las obras sirvieran para ilustrar planteamientos teóricos, presentados de una manera calculada y fría. Pero para mucha gente, el arte implica una experiencia que va más allá de la lectura conceptual de unos crípticos postulados escondidos. Quien ha experimentado con intensidad una emoción profunda con el arte sabe que cuanto mejor es éste, más se resiste a ser definido desde el intelecto.

El arte espiritual no puede ser catalogado por estilos o por las características que habitan en su superficie. No tiene que ver, por ejemplo, con sólo clichés que van del refinamiento formal a la austeridad en su presentación o medios de expresión. Eso sería demasiado sencillo y carente de sentido. Ninguna cualidad exterior o fórmula externa sirve para definir cual es su verdadera esencia, que habita detrás de diversos disfraces. Eso tiene que ver con la verdadera naturaleza humana y su capacidad de trascender su propia mediocridad con tal de alcanzar su máximo potencial como ser individual y, a la vez, relacionarse con algo más elevado y grande.

Más allá de la esfera intelectual, el autor conectado* es capaz de crear, por medio de su intuición, una imagen u objeto que es reflejo de algo elevado. El artista debe dar cuerpo a su intuición, para que esta no se esfume como un mero sueño. Para ello debe cohesionar en sus obras una serie de fragmentos aparentemente sin relación para el intelecto, venciendo sus propios prejuicios, dudas e inseguridades. Para que esto no quede reducido a un simple ejercicio estético, el artista debe haber realizado previamente un denso proceso de autoconocimiento y de introspección en soledad.

El pintor conectado conoce todos los niveles de su ser. Sabe partir de lo más bajo y del uso de los materiales plásticos para comunicarse con mundos superiores y

desconocidos. Sabe escuchar y aceptar todos los detritus y ruidos que pueden afectar a su vida y a la de su entorno. También tiene la capacidad de trascenderlos con el juego creativo, con lo colores y las formas, escuchando los materiales y todo lo que estos le ofrecen. No juzga el proceso, se abre a lo desconocido sin miedo a ser malinterpretado ni juzgado.

Existe una sabiduría que yace en el silencio interno de cada persona. El pintor conectado cultiva este silencio, respetando todo lo que ocurre frente a sus ojos pero sin distracciones, siguiendo la guía que le marca su ser interno, que es su propio maestro.

 

•  Se ha escogido el adjetivo concectado para referirse en este artículo al artista que ha iniciado una búsqueda/ trabajo personal en la espiritualidad.

Si se trata de trascender lo visible y el mundo de las apariencias, entonces estamos dirigiendo nuestra energía hacia lo esencial. Este proceso entraña algunos peligros en el mismo acto de la creación y de la construcción de un lenguaje personal por parte del pintor.

Debemos pararnos en este punto porque esto puede dar pie a malentendidos. No se trata de un debate en torno a la abstracción como algo opuesto a los referentes del mundo real sino que nos referimos al contenido de la obra de arte, en este caso de la pintura, como base desde la cual se sustenta toda una estructura compleja de significados y emociones.

Es decir, este camino emprendido por el pintor conectado debe solventar el primer gran obstáculo, que se refiere al peligro de la estilización de las formas y los ornamentos. Este punto ya era visible en la obra y escritos de los pioneros de la abstracción vanguardista (Kandinsky, Klee, Malevich, etc.), que optaron por la lucha en dirección de la forma pura, a través de caminos inusuales, generalmente asociados a procesos ocultos y difícilmente reducibles a fórmulas fáciles. Se buscaba una experiencia interior asociada a realidades espirituales que iban más allá de las formas aparentes. La meditación y el entrenamiento espiritual eran vías básicas para acceder a otro terreno. Eso provocó, en muchos casos (que ahora no entraremos a analizar) el interés hacia el pensamiento teosófico, el hinduismo, la sinestesia, etc.

No hablamos pues de la ausencia de forma sino de la fuente misma desde la cual estas se generan. No hablamos, tampoco, de cosas bellas (que encontramos fuera) sino del mismo concepto de belleza y de todo lo que este nos ofrece. Para entendernos en este punto, como ya señalara Plotino, y explicarlo de manera clara, podríamos decir que hay una diferencia sustancial, por ejemplo, entre el objeto amado y deseado y el sentimiento amoroso. En la pintura ocurre algo similar. El esfuerzo (llamémoslo místico) del pintor conectado radica en su intento por liberarse de manera natural de las ataduras de la mente y de los artificios, para acercarse cada vez más a visión espiritual y contemplativa, basada en la intuición, la imaginación y el no-pensamiento.

El artista conectado, por lo tanto, debe utilizar de manera personal e intuitiva los medios plásticos y los materiales como soporte para el desarrollo (lo más elevado y recto posible) de los impulsos que provienen en primera instancia de su corazón, como eje desde el cual se articula toda creación sincera. El pintor, entendido así como un místico, debe intentar trascender, desde este punto central, las apariencias reales y sus múltiples formas, con tal de ascender a niveles más elevados de conciencia.

Pintar es estar despierto, trabajar sin intención, invitar a una fuerza que proviene de otra parte, que proviene de adentro. Mantenerse quieto y tranquilo, sin técnicas, sin esfuerzo, sin mente, sin sentidos, sin imaginación. Despierto para dejar que algo ocurra.

El pintor debería estar capacitado para lidiar con un universo multiforme, enfrentándose a las experiencias y apariencias externas sin perder su eje interno. Sumerge su mirada en el mundo finito de las cosas, de la naturaleza y de las formas, con tal de trascenderlas y ensancharlas desde la visión de un horizonte más amplio. El pintor debe ser consciente de la génesis continua de la vida, del cambio perpetuo de la realidad y de sus múltiples caras.

El mundo de las apariencias se abre ante nuestros ojos desde el tiempo y el espacio de una manera restringida y codificada. El artista conectado, más allá de un planteamiento analítico, debería trascender lo visible y lo invisible, desde una visión en profundidad basada en su propia experiencia del presente y del ahora que acontece en el instante fugaz del acto creativo. Se trata de adentrarse en la fuente secreta, en la ley original que alimenta la vida y la misma naturaleza, desde la intuición como herramienta fundamental y en el corazón como eje desde el cual está la clave de todo y la materia prima de la creación. No puede haber arte sincero si el motor está situado en otra parte.

Y ahí precisamente está la clave, por que cada corazón es diferente, como cada huella digital o líneas de la vida.

Por eso, fluye como la naturaleza por un camino de libertad constante, en el que siempre está abierto para que ocurra un nuevo milagro insospechado, desarrollando aspectos diferentes y poco planteables de antemano, si no es desde la propia intuición y experimentación.

El pintor debe enraizarse, como un árbol y ser un intermediario con respecto a algo superior pero también con el inframundo dormido en el subconsciente y de las profundidades de la psique y de las emociones. El pintor debe ser capaz de adentrarse en la maleza, en el ruido, en el subsuelo de lo cotidiano, en el fondo original. Lo accidental deviene fundamental. La integración de lo bueno y lo malo. Lo descartable de antemano es un tesoro y colabora en el conjunto. Puesto que todo movimiento lleva consigo un contramovimiento, el pintor conectado sabe establecer un equilibrio y una complementariedad entre los opuestos.

Capaz de transferir lo invisible en algo palpable y concreto, en una obra que hable sola, a través del uso apropiado y justo de los materiales. El pintor conectado crea realidades y ensancha los límites de la realidad y de la vida ordinaria, mostrándonos sus misterios más ocultos. Su manera de hacerlo es a través del dominio intuitivo y completo de los elementos: las formas, el estilo y el contenido.

No hay una única vía, sino tantas como personas.

Su papel es sencillo, humilde y modesto. El pintor conectado es siempre consciente de la paradoja que descansa en su cometido. Trata de atrapar lo absoluto y por lo tanto, este no es capturable completamente. Esta paradoja, sin embargo, no le desalienta. Aunque sea un sueño, esta búsqueda incesante de la Gran Obra, siempre nos puede permitir descubrir una de sus partes, aunque no el conjunto entero.

Por eso, recurre a la invocación, a lo sagrado, a los símbolos desde su intento de alcanzar la excelencia. Llegarán otros tiempos en el que ese intento sea colectivo, en el que muchas fuerzas individuales creen un movimiento mayor.

El artista conectado escoge siempre un camino sutil. Es capaz de hacer coincidir su intención y el contenido con la expresión formal. Para ello, recurre a la síntesis, a los números simples, los puntos, las energías lineales, los tonos, las formas planas y el uso del espacio del cuadro. Cuanto más puro su trabajo gráfico, más se aleja de la realidad aparente. Los elementos que utiliza producen formas, pero siempre preservan su identidad. Como si de una orquesta se tratara, el conjunto de instrumentos son un vehículo hacia un contenido mayor. Para ello, evita las dificultades en el camino y caer en el autosabotaje hacia su misión, en pos de cierta simplicidad en la lectura de su obra, desde la sutileza.

¿Qué ocurre después? Sabemos bien que no siempre llega el mensaje impoluto y que no todo espectador va a leer lo mismo. El pintor conectado es consciente de ello pero sabe trascenderlo porque está demasiado concentrado como para distraerse con eso. Si el pintor conectado escucha el latido de su corazón y lo sabe transferir en una obra, el espectador conectado sabrá leerlo con la misma intensidad.