Una frecuencia imperceptible (Una conversación con Bruno Montané Krebs) /Xesco Mercé
Fotografias facilitadas por B.M.K.
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No conocía a Bruno Montané Krebs muy a fondo, pero sí desde hacía bastante tiempo, casi tanto como años lleva funcionando La Xina. Solía pasarse a menudo por el antiguo espacio de la calle Doctor Dou, no exactamente el día de las inauguraciones. Muchas veces acompañado por su hijo y, en ocasiones, también con su mujer. Era amigo de Tito Inchaurralde y supongo que fue él quien nos presentó, si es que hubo necesidad de ello. Bruno siempre aparecía con una sonrisa, tímida pero también algo traviesa, que facilitaba sobremanera entablar contacto, una pequeña charla, una broma amable, un comentario lúcido acerca de alguna pieza de la exposición de turno. Me caía bien. Era de ese tipo de personas con las que con suma facilidad entras en una fase de pre-amistad instantánea e incondicional. Su aspecto distinguido, su estatura, ese pelo cano un poco al estilo Jim Jarmusch, facilitaban verle de lejos en los encuentros casuales que suelen producirse en el Raval.

Un día nuestra tan cordial como esporádica relación se estrechó un poco más. Yo había inaugurado el montaje «Que ve l'home boig!» y Bruno vino un día que yo tenía guardia en la galería para felicitarme por la capacidad de sugerencia de los poemas-objeto de la sala del fondo y por la instalación en general. Antes de tan halagador cumplido que, por supuesto, agradecí sonriente, pronto me di cuenta de que eso sólo era parte inevitable de la pérfida estrategia negociadora del asunto que allí le había traído. Sabía, supongo que por Tito, que yo tocaba el saxo alto y él hacía lo propio con el tenor. No me sorprendió en demasía, puesto que el feeling que tienes con ciertas personas siempre suele tener su explicación y sus razones ocultas. Me propuso un intercambio de instrumental, puesto que él precisaba de un alto para tocar en un combo musical en el que andaba metido por aquel entonces. Le dejé sin dudarlo y sin demora mi alto una temporada que ahora no recuerdo si fue demasiado larga o no.

Al cabo de un tiempo impreciso me devolvió el saxo y siguió apareciendo, menos frecuentemente, por la galería. Cuando nosotros nos trasladamos a la parte baja del Xino, dejó de pasar por ahí. Seguíamos en contacto por email y teléfono, amén de los encuentros de rigor que nos procuraba el azar del barrio, pero poco más que eso. Hasta que un día fuimos con Benxamín Álvarez a comer a casa de Tito y volví a saber de él, pero de una forma que fue para mí algo así como si me hubiesen tirado un cubo de agua encima desde una ventana de la calle Robadors, por la cual andábamos en ese preciso momento, y no hubiese sido cosa extraña. El asunto, fue más o menos como sigue.

Con Tito siempre hemos procurado tenernos al tanto el uno al otro con respecto a nuestras lecturas literarias y esa mañana, mientras salíamos de su taller para ir a comprar algo de comer a la Boquería , me soltó:

–Me han dicho que te has vuelto bolañista.

A lo que yo respondí con algún comentario de fervoroso asentimiento, pues llevaba una temporada en estado de epifanía reveladora, gracias a tres libros que el destino hizo que me prestaran tres compañeros lectores de la escuela (Juanma, Roger y Montse). No esperaba, en aquel momento, que ese simpático y sorprendente inciso (pues estaba yo barruntando qué amigo común podía haberle informado de mi reciente entusiasta afiliación literaria) daría paso a:

–¿Ya sabes que Bruno es uno de los «detectives salvajes»?

Obviamente me quedé como una piedra. Como una piedra volcánica antes de la erupción, por supuesto (y a buen seguro que Tito y Benxa esperaban, conociéndome como me conocen, mi sísmica y jubilosa reacción). ¡Hostia, hostia. Bruno, nuestro Bruno, era Felipe Müller! Tito me contó una serie de anécdotas y coincidencias adicionales, que ahora no vienen al caso, pero que darían de sí tanto como para empezar a escribir una novela tan intertextual y sorprendente como las de mi admirado Roberto Bolaño. Sin dudarlo le llamé inmediatamente, para proponerle una entrevista para La Conxinxina , aunque supongo que mi excitación inicial quizás no era ni adecuada ni oportuna. Con calma, pero sin pausa, fuimos acordando en sucesivos carteos digitales y llamadas telefónicas sobre qué versaría la entrevista. Afirmaba tener cierta aprensión a hablar de ciertos temas. Supongo que llevaba ya muchas entrevistas hablando de Bolaño, de Mario Santiago o del Infrarrealismo (o de Belano, de Ulises Lima y los realvisceralistas, que era lo mismo y no lo era) como para seguir con lo mismo una vez más. Le pasé la edición virtual de los dos primeros números de nuestra revista para que fuese haciéndose una idea e intentar allanar el camino del encuentro. Yo lo que pretendía era hablar simplemente de poesía. No sé si esa pretenciosa intención aumentaría su aprensión y su reparo, pero afortunadamente, como todos habréis adivinado, no fue así.

Un martes por la tarde, una vez hubo vuelto de un viaje a Bremen, quedamos para vernos en su territorio, en el bar Elisabets, de la misma calle. Como yo siempre llego demasiado puntual a las citas, me pasé por la vecina librería La Central y no pude resistirme a comprar alevosamente un par de libros de poemas (Nicanor Parra y Leopoldo María Panero) e, inocentemente, un tercero de Perec, que a la postre también resultaría pertinente. Hacía días que no le había visto. Llevaba el pelo muy corto y una barba de varios días. Eso añadido a su altura y envergadura (eso lo pensé al descargar al ordenador las fotos que nos hizo el camarero, lo cual estuvo bien, porque no era mi intención tocar, por mucho que me costase hacerlo, el tema Bolaño, al menos tan a la primera) le confería la exacta apariencia del mítico escritor Benno von Archimboldi. Nos dimos un rápido abrazo para enseguida acomodarnos en ese curioso reservado que tiene el bar Elisabets, el cual parecía haber estado ideado expresamente para poder gravar nuestra entrevista.

Empezamos con un amable intercambio de banderines (de libros). Él empieza con:

-Una leve sugerencia. No me hagas preguntas tipo: “¿Qué es para ti la poesía?”.

A lo que respondo, obviamente, con ese mismo interrogante. Continuará con una vieja argucia para ablandarme y, de paso, poner a prueba mi vanidad, estrategia que ya utilizó para pedirme el saxo; un pretexto para empezar a hablar sin ambages sobre literatura.

-Tú escribes muy bien – protestas mías, breves, pero sinceras–. Es decir, escribir en el sentido de que desarrollas tu propia apuesta y tus propias posibilidades. Cuando escribe, uno siempre tiene en cuenta sus limitaciones. Quiero decir que yo como lector no pienso en el Xesco que está escribiendo tal y cual cosa, si no que el escrito desarrolla algo. Hay un mundo ahí. Eso tiene que ser un texto, un poema o un eslogan publicitario, si me apuras. Que haya un temblor ahí (por cierto, título de un libro de Panero, de los últimos).

Ya estamos hablando de cosas serias, casi sin darnos cuenta. Me cuenta su aventura como lazarillo del poeta Leopoldo María Panero en Chile. Lo recuerda como un viaje divertidísimo. Explica como Roberto Brodsky, en un evento en la Pompeu Fabra , precisamente sobre Bolaño (lo ha dicho él primero, no yo), tenía la intención de sacar al poeta de un manicomio de Canarias y llevárselo a Chile. Pero necesitaban un acompañante.

–Si pagáis el viaje, voy yo. Es decir, me invitaron y me ofrecí a la vez. En el bar, entre los bastidores del festival, creí ver como era él. Sin duda había un tono esquizoide en su comportamiento, pero al mismo tiempo era muy humano y tratable. No era el Panero de la leyenda negra, el que se meaba en donde le daba la gana o vertía la coca-cola en los ceniceros.

Hablamos de El desencanto . Sobre su imagen de poeta maldito, que en Chile suscitaria reacciones tanto de desconfianza como de cariño. Me cuenta cómo le apadrinó Fogwill (gradualmente el bar se va llenando, ya lo auguró Bruno, conocedor de las costumbre locales, y las interrupciones sonoras aumentan peligrosamente, aunque se sigue respetando la intimidad del espacio donde estamos, que por algo se llama “reservado” y la gente del Raval es muy sabia).

–Panero es un tipo muy listo. Según palabras del jefe del hospital, es un loco listo. Conecta y a la vez no respecto a lo que le rodea. Está y no está. Tiene una percepción a dos frecuencias, está al tanto de lo que haces tú y, al mismo tiempo, de lo que pasa por su cabeza, su mundo, sus monólogos, sus chistes, sus poemas que de repente se pone a recitar.

No sé si es porque hemos pedido algo de beber (primero empezamos ambos por sendos cortados, y ahora yo sigo con un vichy y él se guarda la sed para luego) pero vamos cambiando de temas. Creo que ésa será la tónica de esta entrevista, y creo que ya nos va bien así a los dos. Estamos ahora hablando de la difusión de la poesía. He alardeado de prepararme la entrevista, enumerándole varios títulos de sus obras e incluso he sacado del bolsillo un fajo de fotocopias que he descargado de Internet, las cuales he podido leer detenidamente por la mañana, papeles que me han ayudado a pasar el rato en el hospital, que siempre es un sitio que favorece la reflexión y la lectura. Hablamos de revistas (de la Conxinxina y de las de poesía). Ahora soy yo quien pregunto por las que redactaron con Bolaño.

–No pasaron nunca de ser más que fanzines, ahora algo magnificados por la leyenda Bolaño. Él y yo éramos todo el consejo de redacción. Roberto era, digamos, el mentor intelectual y yo el factótum; es decir, picaba los textos con una Olivetti, componía, dibujaba, pegaba, fotocopiaba... Nunca pasamos de los ochenta ejemplares por edición.

Una de esas revistas es Rimbaud vuelve a casa , en la que aparecen textos de ambos y de Darío Galicia (Ernesto San Epifanio en Los detectives salvajes ), Inma Marcos, entre otros poetas. Dice tener aún unos cuantos ejemplares y promete darme uno cuando subamos a su casa, lo cual me hace segregar saliva cual perro de Pavlov. Me pregunta de dónde he sacado tanta información (fotos, poemas, vídeos, textos), sabiendo, por supuesto, que es de Internet.

–¿Cómo se llama eso de buscarse a uno mismo por Internet? (más tarde buscaré el término en la red y creo que se trata de “egosurfing” o, llanamente “googlearse”). A veces lo pruebo, pero a la tercera vez ya desisto. Me da cierto asco y vergüenza.

Me comenta que le ha hecho mucha gracia verse aludido en la nota de prensa de la actual exposición de La Xina , de José A. Troya, en la que sale un trozo de texto que Bolaño escribió para la contraportada de un libro suyo («Sus versos son pinceladas suspendidas en el aire», etc.) Seguimos hablando de Internet, de sus posibilidades y sus trampas. Le digo que siempre ponemos alguna cita falsa en cada nota de prensa, y que, a veces, aparecen copiadas literalmente en otra parte, reafirmando la autoría. Todo el mundo puede inventarse una cita de otro y todo el mundo puede escribir un poema.

–¿Quién no ha escrito un verso? Lo que pasa es que soy uno de esos «iluminados», y lo digo irónicamente, que creemos o debemos continuar escribiendo. Y lo grave es que hay gente que tiene una inexplicable generosidad y que nos apoya, que te lee y anima a continuar. Una vez has escrito los versos y los has puesto en circulación (revistas, tertulias, antologías, Internet) tienes la sensación de dar palos de ciego, de estar solo ante la bestia…

Hablamos de Walter Benjamin. Van saliendo ideas entrecortadas. Se pregunta si el texto que se reproduce pierde su aura.

–Todo es extrañísimo. No se trata sólo de manchas sobre papel o bits sobre la pantalla. Lo que se pone en juego es el lenguaje. Bueno, me estoy enrollando.

De eso se trata, le respondo. Continuamos hablando de soportes. Me comenta que una vieja amiga suya pintora le dijo que «qué bien que lo tenéis vosotros los escritores, sólo con un PC, o si me apuras, con un papel y un boli, en cambio los artistas necesitamos mucha más infraestructura, taller, pinturas, almacenes».

–Ya lo sabes…, el texto es una cosa tan efímera, casi intangible…

Le pregunto si ha escrito algo de prosa; si, como Bolaño, se ha presentado a algún concurso literario alimenticio de relatos. Me dice, entre risas, que cree que es más probable ganar la lotería que ganar uno de esos premios. Aunque acaba confesando que ganó alguno en La Rioja y, más serio, haber quedado entre los veinticinco pre-finalistas de un premio Anagrama (lo cual no es poco). Cita vagamente a Gómez de la Serna , diciendo que cuando un poeta decide escribir en prosa se comporta como un mono con un cuchillo.

–Es un cambio total de registro. El hecho de escribir, sea cual sea ese registro, requiere un tipo de perseverancia. Bolaño la tuvo. Se consideraba escritor 100% y por circunstancias familiares, a partir de un momento de su vida, él pudo dedicarse a ello. Eso te permite centrarte en lo que haces, y consigues evolucionar en tu materia expresiva .

Me recomienda Los perros románticos (tras un lapsus linguae en el que han vuelto a aparecer Los detectives salvajes ) y Tres (publicado en Acantilado).

Hablamos de la reedición de El maletín de Stevenson que se ha hecho en Madrid:

–Hecha por email, por gente que no conozco personalmente. Ha sido un regalo, tanto como para volver a creer que es posible hacer cosas así .

Le hablo de una edición en fanzine que he encontrado en Internet.

–Los dibujos los hice yo, en un verano orwelliano y musical en Ibiza, donde tocaba por las noches para los guiris y escribía y dibujaba por la mañana en la playa.

Sobre su afición a la música me dice que es un rollo amateur que ha mantenido empecinadamente a saltos. Entró, ya mayor, en el Taller de músics, con 24 años. Antes tocaba un poco la guitarra, aprendió solfeo mucho más adelante. Ahora toca el saxo en la Raval 's Band. Me invita al concierto del viernes en la Rambla del Raval y yo hago lo mismo con uno que hacemos el sábado, a la misma hora, en el ciclo « La Xina Sona ».

De repente nos ponemos a hablar de su errante biografía. Nace en Valparaíso, en 1957, sale de allí por el golpe de estado de Pinochet en 1974 y recala en México. Allí conocerá a Bolaño, a Mario Santiago y a los poetas que formaron el grupo infrarrealista. Su formación académica fue breve, cursó medio año de hispánicas en la UNAM , que le sirvieron para leer El Quijote . Entonces explotó el Infrarrealismo, abandonó los estudios y agradece y reconoce lo comprensivos que fueron sus padres ante tal evento. En México se hablaba mucho de la muerte de Franco, de la transición, había mucha expectativa y era un momento propicio para venirse solo a Barcelona, donde estaba su hermano Álvaro, que es pintor. Con la idea de hacer su propio camino, llegará a Barcelona en 1976 (Roberto llegará en enero de 1977).

–Tú viniste de Lleida y yo de México, pero el movimiento es el mismo. Es el mismo espacio mental, el alejamiento de la familia. He de confesar que sí gane un premio. Nada más y nada menos que el Joven Nacional de Poesía de México. ¡Yo, un chileno! Fue mi único premio, pero me sirvió para pagarme el pasaje. Allá también publiqué por primera vez, gracias a un exiliado español, Juan Rejano, que también es un personaje de «Los detectives salvajes».

Me cuenta que tiene dos libros más publicados en Latinoamerica, en edición cartonera, Mapas y Escritos . Sacia mi curiosidad explicándome el concepto y su génesis. Durante la época del Corralito, en Argentina, una especie de galería-verdulería realizó estas ediciones, de forma artesanal, hechas con fotocopias con tapas duras pintadas a mano cada una. Ese movimiento se ha hecho extensivo a toda Latinoamérica. Se publicaron autores consagrados y noveles: César Aira, Ricardo Piglia, etc. El nombre cartonero viene de la gente que, por las circunstancias económicas adversas tenía que recoger cartones por la calle para subsistir y, asociados con los de la galería, crearon este nuevo modo de edición.

–Recogiendo cartón. Tal como posiblemente estemos nosotros dentro de poco, si la cosa continua así... Me habla de un colega, Raúl Silva, que ha creado en Cuernavaca la editorial La Ratonera Cartonera. La editorial hizo la presentación del libro en La Casa del Lago, en donde se tomó una famosa foto de los «infras». Él ya no estaba allí, ya había llegado a Barcelona. Hablamos de otra foto, que también circula por la red.

–Ésa la tengo yo. La presté a alguien un momento y luego la colgaron en la red. Pasa lo mismo que antes comentábamos de los poemas.

Se refiere a la foto, en donde él aparece agachado, con unas barcas y un lago detrás, en el bosque de Chapultepec, en 1975.

–Pasaron muchas cosas en esos dos años.

Hemos vuelto a los detectives y su geografía. Descubro que la «plaça Vicenç Martorell» es la del Kasparov de toda la vida, o esa extensión de Ramelleres. Me habla del bar Céntrico, de la Granja Parisiense.

Tot just girant a la dreta. Cap a Les Rambles .

Es lo primero que me ha dicho en catalán. Me habla de la comparación entre la cultura de Chile y la de aquí (concentración de gente en grandes capitales, Barcelona o Santiago, similar población, etc.) Confiesa su admiración por cómo aquí llevamos el bilingüismo con una naturalidad ante la que se inclina. Sabe poco alemán (su madre era pintora), no tanto como para escribir. Tampoco habla bien el catalán (el idioma de la familia paterna). Pero me hace una nueva revelación: Un amigo suyo, Lluís Mata, compañero en la Raval 's Band, ha hecho una versión en catalán de su El maletín de Stevenson , de pronta publicación. Acordamos publicar en La Conxinxina tres poemas en catalán y tres en castellano. Le encanta esta versión porque la entiende suficientemente para apreciar texturas y sutilezas, al contrario de alguna traducción que tiene al alemán. La ventaja de traducir, afirma, es la depuración del estilo. Yo le cito a Montaigne, quien decía que sólo al traducir realmente se escribe.

De pasada, me revela otro lugar clave bolañista muy curioso:

–El cine Céntrico estaba justo en el bloque donde está ahora Edicions 62. Ése era el útero, la cueva de Platón de las influencias cinematográficas.

Me anuncia una nueva macro antología de poesía catalana traducida al castellano que va a publicar El Aleph, a cargo de Orlando Guillén.

–Cada poeta un libro entero. Va estar también tu amiga Maria-Mercè Marçal. Podrías entrevistarle [a Guillén] . Sería importantísimo, si te queda sitio, claro.

No nos queda, pero le prometo un hueco en el próximo número. Hablamos también de Joan Margarit, al que sabe que tengo que entrevistar la semana siguiente. Le hablo del prólogo de la edición de Proa de sus poemas completos, donde hace una detallada explicación de todos los poetas que él reconoce como influencias importantes en su obra.

Me interesa. Eso habla muy bien de él. Los poetas tendríamos que ser más agradecidos con los poetas que nos preceden...

Le propongo que intente hacer lo mismo, a sabiendas de que es una tarea titánica. Le comento que en sus biografías breves, que aparecen en Internet, le retratan deudor de Huidobro, los beatniks (Ginsberg) y Rimbaud. Él no está del todo en desacuerdo con eso pero añade a Saint-John Perse, a Vallejo, a todas las míticas ediciones argentinas de poesía de los años sesenta y setenta. Además de, por ejemplo, el sugestivo mundo de los haikus. Y, también, las antologías.

–La antología es la verdadera comunidad de los poetas, o de los cuentistas. Es un «recull», una mini visión de un mundo donde hay un montón de gatos, maullando todos juntos. Cuando lees una antología te estás paseando por todo un mundo, por su diversidad. Tanto como lector, y como escritor-lector, me interesan muchísimo .

Me recomienda una de Aldo Pellegrini, de poesía surrealista (de lo mejor). Me dice, para redondear el listado de influencias con alguna renuncia, hablando de Ezra Pound, que reniega (como todo poeta que se precie) de uno de sus libros, Helicón .

–Leo también mucha novela ¿Por qué, si me interesa la poética, leo tanta prosa? Es difícil que suceda al revés, que los prosistas lean poesía. En el fondo son inercias. Existe la leyenda de que la poesía es dura de comprender, pero ahora la cosa parece distinta, o es que yo estoy desfasado y es cierto eso de que sí son buenos tiempos para la lírica. En Barcelona hay una auténtica efervescencia poética; bueno, al menos se hacen muchos recitales...

No sé si es así. ¡Ojalá! (Nosotros los de La Xina colaboramos un poquito con esta revista y con la participación más o menos habitual en BCN Poesia ). No creo que tenga parangón con lo que fue el Infrarrealismo. Bruno reconoce que Los detectives han mitificado ese movimiento, aunque lo ha revivido también. Me habla de la edición que se acaba de hacer de Sueño sin fin (Ediciones Sin Fin, curiosamente). Él mismo prologa así el libro: «Antes de que terminara la década del setenta, Roberto Bolaño propone que hagamos una recopilación de los versos que Mario Santiago (Ulises Lima en Los detectives salvajes ) dejó diseminados en los libros que no pudo cargar en su mochila. Nos juntamos a trabajar y, de modo más bien instintivo y aleatorio, haciendo nuestra personal relectura e interpretación de sus textos, nos pusimos a copiar aquel material. Con este método sospechosamente abierto surgió un nuevo poema que se presenta como el eco alucinado de las aventuras barcelonesas, anticipando las que vivirá en Port-Vendres, París, Tel Aviv y Viena.”

Volvemos, por un momento, a hablar de viajes y exilios.

–Una aclaración: el escritor siempre se halla en otro continente. Siempre es exiliado de un contexto que resulta evidentemente directo, físico. El arte o el texto crean un territorio nuevo y distinto, y, obviamente, eso es lo que lo hace interesante. Al crear una obra crea una suerte de exilio: amable o no, depende del diálogo que tengas con el asunto a crear.

Coincido sobremanera con esa apreciación. Le comento una anécdota coincidente con el fotógrafo alemán Claus-Dieter Geissler («Amigo Xesco, los artistas no tenemos país»).

–Una idea sutil: en el terreno intelectual y perceptivo respecto a lo que haces, sobre cómo meter la obra de arte en un contexto. Tener la sensación de decir “perdón, ¿puedo?… tal como lo hace un extranjero. Todas las dificultades te cuestionan tu relación con el resto del mundo, que es susceptible de interesarse o no por lo que haces.

El exilio es el estado natural del artista, acabamos acordando.

Antes de ponernos a hablar de sus experiencias conjuntas de escribir a cuatro manos con Bolaño (hicieron unos 4 o cinco poemas juntos), le sale la vena punk infra, y me dice:

–Paz es un ensayista interesante y también un pésimo poeta, ¡no me digas que no! Y lo digo más allá del arrebato adolescente (ahora tengo 55 años).

Hablamos también de Neruda. Me cuenta que cuando Roberto llegó a México y se encontró con Jodorowsky, Bolaño venía de Chile diciendo «Neruda, Neruda» y Jorodowsky le decía que no, que «Nicanor Parra, Nicanor Parra» .

–Roberto casi sale llorando. Una figura tan potente, tan genial, tan abrumadora y que llena tanto espacio, como lo fue la de Pablo Neruda, resultó asfixiante para el resto de los poetas. Paz tenía algo de lo mismo, pero en una versión un poca más siniestra. Representa al intelectual casado con el poder, el omnipresente PRI y el omnipresente Paz. Era el cacique de la cultura. Se tenía la sensación, acertada, de que todo pasaba por debajo de su ojo y por debajo de su dedo. Desde fuera no se ve así. Pero en realidad él sentenciaba «Éste sí, éste no». Un filtro, el dedazo. En España pasó igual en cierta época, con Cela, por ejemplo. (Y en Catalunya, añado yo.) El arte no es ajeno a eso.

Hablamos, como ya dije, de las experiencias conjuntas. Le cuento mi trabajo literario a cuatro manos con Ramon Roig, cuando escribimos «Los grandes poetas mexicanos», allá por 1984. Una especie de premonición. («Hay un tipo que de eso ha hecho una novela formidable», me dijo Ramon.) Su evocación, en un emotivo encuentro con mi colega después de bastante tiempo sin vernos, fue la que realmente me empujó a leer a Bolaño y Los detectives salvajes . Bruno me cuenta cómo él y Roberto utilizaban un método de trabajo muy a saco. Uno escribía un poema y el otro agregaba algo, verso a verso, y al final lo corregían. Al cabo del tiempo, jugaban a apostar qué verso había escrito cada uno y muchas veces no acertaban.

–El tiempo, ésa es la mejor prueba de que quizá has acertado. Lo que has escrito lo ves despegado de ti, como si lo hubiese hecho otra persona. Ya has roto el cordón umbilical autofágico. Lo que has hecho está, de verdad, frente a ti.

Hablamos también de Pessoa, de los heterónimos y de otras actividades o experiencias experimentales.

–Ese tipo de estrategias son geniales. Producen un distanciamiento que te permite poner lo que quieras, te da más libertad. No sientes que te estás destripando ni haciendo una suerte de terapia creativa. Facilitan un espacio psíquico espléndido. Como cuando tú hiciste un Botero, es lo mismo. Si tienes oficio y técnica puedes soltarte e intentar hacer ejercicios de estilo, como los de Raymond Queneau.

Hablamos de Perec (quizá por el libro que acabo de comprar) y dice que durante un tiempo La vida: instrucciones de uso fue el libro de cabecera de Bolaño.

Si no lo lee, «Los detectives salvajes», la novela, habría sido otra. Todo enfatismo suena a boutade , pero este libro le dio la confianza para desarrollar la extraña estructura que hay en el libro. Es una crónica espléndida. Los estratos de referencia son muchísimos. Tiene la genialidad de presentarse como una novela generacional (que en buena parte lo es, sin lugar a dudas) pero, curiosamente, logra poner en juego la sensación de ser mucho más biográfica de lo que realmente es. Y eso lo consigue a golpe de puro estilo. Sólo la genialidad y la soledad de la escritura.

Me cuenta que le resulta encantadora y patética la lucha que en algún momento hubo por aparecer en Los detectives salvajes . Hay un montón de imputaciones (verdaderas o menos creíbles) y, lo que es más gracioso, autoimputaciones. Me comenta la facilidad de Roberto Bolaño por describir personajes .

–Realmente, en dos o tres rasgos te pinta al personaje; aunque, claro, para un lector hecho con el tema.

En algún otro sitio ha dicho que hay un 30% de verdad y el resto es invención. Yo pagaría, confieso, por poder haber sido uno de ellos. O los de un cuento de Cortázar, por ejemplo. Ya no pido ser protagonista (un Traveler sería demasiado). Me conformaría, incluso, con un libro menor. Haberle inspirado al autor algo de Calac o Polanco, o de Lucien Verneuil. Pero Bruno, me parece que ya es evidentísimo, es mucho más que Felipe Müller. Es un gran escritor y, sobre todo (y, por ende), un gran lector.

–La gran jugada de Bolaño, que creo que no acaba de entender la gente, consiste en la potencia de un estilo que juega con la memoria, en su vena autobiográfica, haciéndote creer que ese aspecto es mucho más importante de lo que realmente es. Su estilo está mucho más ligado a las voces que hay en el indefinible magma de la poesía, y, por supuesto, a su ética; en fin, un detalle nada menor que, creo, suele pasar desapercibido…

Notando que se nos acaba el tiempo, habla del hecho creativo, del curioso equilibrio entre el sentido, el discurso y el modo en que invitas a que éste se entienda. Mientras tanto ha soltado, como quien no quiere la cosa, algunas perlas como: «Todo poeta contemporáneo es, en cierto modo, un neurólogo frustrado». No acabo de entender qué es lo que ha querido decir con esta sentencia, pero enseguida intenta expresarlo de otro modo.

–Tú lo sabes como pintor. Luchas con la obra, hasta que consigues decir algo o intentas conseguir que lo que estás creando se diga a sí mismo. Tú haces que el cuadro se pinte a sí mismo. Parece una lucha entre el objeto que creas y el mundo.

También me habla de su proceso de escritura. Me cuenta que escribe a impulsos (y últimamente intenta que no sea poco).

Yo no logro nunca forzar tanto el método. No escribo libros enteros, hago poemas sueltos, o trabajo en series. Los meto todos en una bolsa, o en un cajón mental, y luego tengo que meter la mano para ver qué saco.

No puede hacer como Picasso, que dibujaba hablando por teléfono. Repasamos la cita, atribuida al pintor malagueño, aquella sobre la inspiración y el pincel en la mano; una cita que, me lo aclara más tarde, es de Baudelaire.

–Picasso tenía muy buen oído y, por supuesto, muy buen ojo. En ese sentido quizá es el primer artista realmente moderno, en cuanto a estrategias; en la lealtad y la genial cabronada de las estrategias.

Vamos acabando, muy a nuestro pesar. Él ha quedado con un colega suyo de la Raval 's Band y yo con la gente de La Xina. Hemos subido un rato a su piso, atiborrado de libros y de cuadros, a los que espero acompañe un par de dibujos que le he traído. Acabamos hablando de algunos de sus poemas concretos. A mí me gustan especialmente el dedicado a la «Laguna Estigia», en el que habla de Patinir, y, también, «El silbato de los mares» (me parece recordar que me dice que éste le gustaba a su madre, de la cual estoy viendo algunos de sus collages). Me encantan las imágenes que sugieren. Bruno me dice que cree que eso es, precisamente, lo que gustó a sus nuevos editores madrileños.

–Es como una especie de videoclips de terror poético.

Yo le hago notar que encuentro en muchos de ellos una suerte de humor sutil, un poco negro.

Me alivia que lo percibas así. Tengo complejo de sentirme demasiado serio con mi poesía. Yo no soy tan serio, pero cuando hacemos cosas nos convertimos en otro. Somos un artefacto que escribe o pinta por nosotros.

Él termina de beberse a gollete su Moritz y yo apago mi grabadora. Dice no tener práctica en esto de las entrevistas. Me comenta que Bolaño le dijo que acabó por contestarlas por escrito, sino no te callas y empiezas a decir paridas. Y acaba con una sentencia sobre nuestra conversación, tan humorística como peligrosamente real:

–Xesco, durante la conversación he deslizado algunas frases en una frecuencia distinta, casi imperceptible; ésas son las que de verdad importan.

Terminaré mostrando dos voces complementarias sobre la obra de Bruno Montané Krebs, que yo, humildemente, no puedo más que suscribir. Primero una de Miguel Serrano Larraz, quien finaliza así su prólogo de El maletín de Stevenson (Varasek Ediciones): «Sus versos no anuncian la destrucción sino la búsqueda. Sus imágenes no son tan sorprendentes como inevitables. Las palabras de este libro tienen ya treinta años, pero se imponen al lector desde el tiempo de la revelación, de la vida fugaz e indestructible. Bruno es un poeta bueno. No se me ocurre un adjetivo que lo defina mejor». Y una segunda, donde Bolaño, no sólo influido por ese buen prejuicio que es la complicidad emocional, creo yo, escribió: «Su poesía está hecha de pinceladas suspendidas en el aire. A veces son sólo apuntes, otras veces miniaturas, en ocasiones largos poemas existencialistas reducidos a ocho o doce versos. Su poesía está hecha de sangre suspendida en el aire. Su voluntad, o su disposición ante el mundo o ante la cultura, se debate entre polos irreconciliables. De esta dilatada lucha ha sabido extraer versos paradójicos. Escribe como un naturalista que cree en muy pocas cosas y que sin embargo sigue haciendo su trabajo con tesón, un tesón que en ocasiones se confunde con la indiferencia. Para mí es uno de los mejores poetas actuales».