Impropia-Orsay

És, sens dubte, un dels projectes editorials més atractius del moment. Hereva d’una saga llibretera de rància tradició, ara han caigut al bell mig de la xarxa, fent-la rebotar i trontollar i aportant les seves fresques i sorprenents propostes literàries. Per fer només un tast, us presentem un text explicatiu de la gènesis d’Impropia –Orsay que l’artista i escriptora, i tot i això amiga, Eva Fructuoso ens ha fet arribar. L’acompanyem amb un parell de contes de Lucien Verneuil, del seu llibre “La domesticación del paisaje” que l’il·lustra (tal com ho va fer amb ell llibre) una animació infogràfica de Xesco Mercé.

Esperem que us perdeu de gust en aquest laberint literari i aneu descobrint els topants màgics de cadascun dels seus secrets racons.

Portades de llibres de Lucien Verneuil
Sobre Impropia-Orsay GmbH / Eva Fructuoso
Si a los archivos de la propia editorial hemos de hacer caso, la fundación de LV (Literarische Verlag, germen de la actual Impropia-Orsay GMBH) no tuvo más intención que la de proporcionar una coartada conyugalmente aceptable a los escarceos del barón Johann Anselm Maximilian von Impropia-Orsay con la recua de secretarias que llegaron a pasar de 1911, año de fundación de la editorial, a 1933, año en que, visto cómo andaban los asuntos por Alemania, la editorial cambió su nombre por el de Deutsche Volksverlag. Testimonio de ello es el escasísimo interés que ofrecen sus espaciadas y raquíticas ediciones de poetas románticos, dos traducciones del Quijote y una colección de comentarios a versículos bíblicos dispersos escritos por Wilhelm Teodosius, pseudónimo de Thomas Arnold Beissinger, primo segundo del barón. Naturalmente, Deutsche Volksverlag inició su andadura con una edición comentada del Ossian, en la que la suspicacia del comentarista convierte, por primera vez en la producción libresca de esta empresa, un fraude literario de nefastas consecuencias en un librito interesante digno de ser tenido en cuenta. La autora de esas notas no es otra que Louise-Marie Beate von Impropia-Orsay, quinta hija del barón, quien finalmente heredaría el título en virtud de la escabechina familiar que Adolf, “ese chico tan agradable, pero tan exaltado”, en palabras del barón, organizó en Stalingrado. Viudo el barón, cede la dirección de la editorial a Louise-Marie Beate, única trabajadora en nómina, en abril de 1937. Y la editorial, “naturalmente”, como dijo la propia Louise-Marie Beate, cierra.

¿Qué es lo que hace que la futura baronesa se decida a reemprender el negocio familiar justo al finalizar la contienda europea? “Estaba yo exhausta, devastada por la inoperancia de la estupidez humana, a jirones a causa de la eficaz operatividad de la codicia, mudo testimonio de los trasuntos de las negociaciones que habrían de dejar a Alemania con las faldas levantadas, pero sólo hasta las rodillas, muerta de frío, de hambre, de miedo. En la calle, una multitud se arremolinaba en torno algo que yo no podía ver. Me acerqué y me incliné sobre las puntas de mis pies, para ver mejor. En el centro de la multitud, tres jóvenes, dos chicos y una chica, ninguno contaría más de diecisiete años, creaban con sus movimientos el espacio de nuevo, lejos de esas ruinas que tan sólo hace un momento nos rodeaban. El espacio crecía, se encogía, giraba en torno a la magia de los movimientos de aquellos tres magos que aderezaban el espectáculo con pasos de ballet, acrobacia, verso y música, pues entre los tres tocaban trompeta, piano, flauta, violín y un pequeño instrumento de cuerda, sucio e irreconocible, tal vez de procedencia india, que sin embargo hacía vibrar las cuerdas del alma, sin duda alguna. Era tal la perfecta mesura de los tiempos, el control que los tres ejercían sobre las tensiones, las emociones y los diferentes significados de los versos y los objetos, que en aquel momento pensé, con convicción absoluta: Los artistas. Son los artistas, los que tienen la culpa de todo.

Después de aquello, me fui a casa, y no tuve más remedio que volver a abrir la editorial.”

De nuevo, la propia Louise-Marie Beate le refiere a un amigo de la época: “Mira, Fritz, lo cierto es que el promedio de la talla de los hombres públicos de esta época sea aceptable, sólo quiere decir que por cada uno realmente bueno, la mediocridad y la miseria hace su agosto en una parte abultada del resto. No hay artistas entre ellos, porque hasta el más humilde artista asume un riesgo, aunque sea mínimo, el riesgo a hacer el ridículo, tal vez, y los mediocres y miserables sienten una aversión visceral por el riesgo, lo empequeñecen, lo clasifican, lo proyectan y lo convierten en cuadro sinóptico, forman sintagmas preposicionales ad infinitum, o añaden guiones entre palabras prestadas de otros idiomas y se aseguran con ello una pensión de vejez. El artista tal vez sea caótico, pero es eficaz, porque lidia con el pragmatismo de la realidad y la experiencia material. Es el orden en el caos. El único orden real, el único orden que la naturaleza soporta. Al menos la mía, vaya. Así que no, no puedo apoyarte en esa proposición de organizar a los músicos del metropolitano para que ocupen el espacio de una manera ordenada y racional, ni tampoco apoyar que exijas un mínimo de calidad en sus interpretaciones. Ni puedo dar mi apoyo a un sindicato de los trabajadores musicales del metro, ni hablar. Te ruego que no me lo reproches ni me lo tengas en cuenta, pues te he de pedir una colaboración para mi editorial. Sí, Fritz, reabrimos. Reabrimos. Reabrimos.”

En una carta a Johann Wolf, periodista: “¿Línea editorial? Encuentro que es una pregunta lícita, pero que ha de ser contextualizada, y no sé si usted tiene los datos. ¿Qué sabe de nuestra línea editorial anterior? ¿De los motivos que llevaron a ella? No, no vamos a editar clásicos, porque ya existe Reclam, y no vamos a editar libros de cocina, porque no reconocemos tal clasificación como válida. O sí los editaremos, por el mismo motivo. Vamos a editar cosas que valga la pena ser editadas. Y, siguiendo nuestra tradición editorial más notoria, cambiaremos nombres y fechas como nos plazca. Trabajaremos de una manera lógica, pero, sobre todo, divertida. Y cuando se acabe, se acabó.”

A partir de esta cita, datada en un muy frío febrero de 1947 en Todtnauwald, no podemos añadir más que que los artículos, reseñas, justificantes, inventarios y demás documentos que nos pueden ayudar a reconstruir con exactitud la historia de la editorial, confunden al prolijo investigador en tanto que se contradicen unos a otros, dan cuenta (con facturas) de aventuras imposibles y dispersan la historia de la editorial en todas las direcciones a la vez.

Jean-Luc Vierzon, historiador que ha dedicado gran parte de su vida a la redacción de su tesis “Impropia-Orsay, el ayer y el hoy de una editorial”, comenta: “Afortunadamente, Louise-Marie Beate von Impropia-Orsay murió sólo una vez y en un sitio, pero es el único hecho relativo a este periodo de la vida de la editorial [desde 1947] que tenemos datado con exactitud. Yo me he entrevistado ya con tres editores jefe diferentes, en diferentes lenguas, y ninguno de ellos ha considerado oportuno aclararme porqué en la página web de Impropia-Orsay cambian datos, fechas e historias de manera no regular, pero sí continua. Todos ellos, debe ser política de empresa, me sonrieron encantadores. Uno de ellos incluso me llegó a preguntar dónde y cuándo, según mis datos, había muerto la querida Louise. He de confesar que, por un vertiginoso y débil momento, me sentí confundido”.

Así pues, es una pérdida de tiempo intentar establecer una clasificación de esta historia más allá de lo que ya se ha hecho. Con los materiales del pobre Vierzon se podría intentar, sin embargo, confeccionar una hermosa recreación del caos, prolija, exacta y verdadera. Tal vez no lo editaría con su nombre. Tal vez ni siquiera lo editaría, tan sólo la idea seduce y se enrosca en el ánimo, es lenitiva y bella como un vasto campo de flores.

No sé.

Algo haremos.

Dos contes de Lucien Verneuil
La vista / Lucien Verneuil

El meu amic Bernard Fabvré, l’escultor, m’ha explicat, en més d’una ocasió, una història que mai no sabré mai del cert si és una anècdota autèntica, enriquida amb convincents detalls literaris, o un conte hàbilment disfressat amb hàbits i dades reals. Sigui una cosa o l’altra, el relat en qüestió, a còpia de contar-lo, ha assolit una destil·lada perfecció. Bernard, excel·lent rapsode de sobretaules, deleix amb ella els seus ocasionals contertulians amb estudiada freqüència.

El protagonista de la història és el seu oncle avi, Roland Fabvré, reconegut cronista fotogràfic comarcal, alhora que més que notable aquarel·lista amateur. Com sol succeir en aquest tipus de relacions de parentiu, l’inevitable i lànguid vespre d’un coincidia amb el volcànic despertar al món de l’altre. Roland havia procurat envellir sàviament, és a dir, emprant més del sentit de l’humor que la resignació. Fins i tot davant la pèrdua que més dolor li causava d’entre totes, la d’un altre sentit, el de la vista, havia respost valentament. Va batejar la que era la seva nova gata, en honor a les seves atapeïdes cataractes, “Niágara”.

En una de les presumiblement penúltimes visites del nebot a l’oncle, aquest va demanar-li un íntim i final desig: pujar al Mont Ventoux. L’ancià volia experimentar el mateix que va sentir Petrarca aquell 26 d’abril de 1336. Fer-ho, a més a més, amb idèntic propòsit: per plaer. Però no podia dissimular, fetitxista com tots els artistes, un altre goig encara més gran: ser partícip d’un mite, el de l’inici del paisatgisme modern. La flamant adquisició del primer automòbil de segona mà per part del jove convidava a complir zelosament tan poètica sol·licitud.

El matí del 16 d’abril de 1965, el Renault 4 vermell serpejava per la carretera del port tan dificultosament com dos anys més tard ho faria un mític ciclista britànic, empès al seu desèrtic destí per una mescla d’amfetamines i cognac. El novell conductor maniobrava amb més precaució de que era aconsellable: Temia que l’espessa boira, que havia caigut sobtadament sobre el cim descarnat de la muntanya, trenqués injustament l’encant d’aquell esperat moment. Confiant en la precarietat oftàlmica de l’oncle Roland, es va abstenir de fer cap comentari en acompanyar-lo ceremoniosament cap al marge del mirador. El iaio va contemplar llargament l’abisme de tenebres, va tancar els ulls amb voluntària parsimònia i va dir: -És el millor paisatge que mai hagués pogut imaginar.

Bernard mai no va saber si aquella sentència era fruit d’un darrer miratge senil o d’una combinació atzarosa d’ironies, la del destí climatològic i la d’un veterà vividor. Havia, tanmateix, una tercera resposta: aquella última visió, o potser la que el vell va retenir sota les seves parpelles, amagava, de forma nítida i veritable, el secret de totes les imatges, l’elixir de tots els silencis, el motlle de totes les formes i l’essència de tots els colors.

 

Notícia trobada a un diari abandonat en un banc prop de la platja / Lucien Verneuil

(NY, 22 de Febrer de 2002, Agencies) Trobats diversos quadres d'art abstracte entre la brossa a Coney Island.  Algunes obres d'artistes nord-americans tan coneguts com Jackson Pollock o Mark Rothko i d'altres pintors europeus han estat trobades aquesta matinada a l'aixecar-se el cadàver d'un indigent en un carreró proper a l'antic parc d'atraccions, residència habitual d'una petita colònia de homeless. Es desconeix, fins a hores d'ara, el nom del finat i com van arribar allí les peces, totes elles reconeixibles i catalogades, però sobre les quals s'havia perdut la pista des de feia anys. Les pintures seran custodiades, de moment, pel Museu d'Art de Brooklyn.”

Amb aquesta succinta ressenya es despatxava, en aquest i en d'altres diaris d'àmbit local, un succés que no sols hagués pogut donar molt més joc, periodísticament parlant, si no que, més enllà de la mera curiositat anecdòtica, es podia haver convertit en un cas exemplar, disfressat de conte amb aires dickensians, de l'actual estat de relacions entre l'art contemporani i, mai més ben dit, la gent del carrer. Ni tant sols l'afilada ploma del meu company i col·lega de la veïna secció d'Art, el meu sempre admirat Walter Burns, va voler treure partit a aquest rocambolesc esdeveniment.

Georges Kaplan, que ha resultat ser el veritable nom del vagabund conegut com a Godfrey, va dormir durant, com a mínim, onze anys sobre una fortuna sortida dels tallers dels més grans mestres de l'Expressionisme abstracte americà sense que ningú del seu entorn, ni tan sols els membres de l'Oficina d'atenció municipal als sense sostre o els agents de policia que freqüentaven la comunitat, donessin cap importància a la particular coloració de la barraca de l'ancià. Diferents hipòtesis han intentat donar explicació, amb improbable encert, a la procedència de la petita col·lecció: des de la soferta història de l'aristòcrata davallat als inferns a l' inconscient cop de sort d'un pertinaç escrutador d'escombraries.

Pot ser, tanmateix, que la més sucosa i alhora paradigmàtica de les versions sobre el veritable vincle entre l'home i les pintures la va donar el seu darrer "company d'habitació", Marty, conegut també com El taxista: -Al vell God sempre li va agradar dormir sobre aquella tela plena de petits bonys. Deia que li anava bé per la circulació de la sang. I els seus gatets gaudien de valent esgarrapant aquell drap de color violeta, tan suau. Les teles van resultar ser "Gran gris fosc" (1952) de Pollock i "Concepte espacial" (1959) de d'italià Lucio Fontana.

Mortymer Brewster, New York Herald Tribune , 31 de Març de 2007