Sobre el arte / Armando Dorrego

Una gran parte del arte que existe, se han realizado en nombre de la sinceridad, de la belleza, los buenos sentimientos, la fidelidad al modelo, pensando en la mayor parte de las veces que eso sólo bastaba.

Una gran obra de arte, sin embargo, no se limita a enumerar las cosas, a describirlas, si no que más bien las inventa o las reconstruye; las saca de la oscuridad y las transforma.

Sin embargo, el encuentro y el camino hacia el corazón de las cosas, no es fácil y requiere un trabajo duro y complejo. Acudiendo a este concepto, Jacques Brel decía: “El talento son las ganas de hacer algo”.

Hay que encontrar los conceptos, los trazos necesarios en la oscuridad, las grafías posibles entre millones. Porque esa es la primera sensación que produce una buena obra de arte; la sensación de estar hecha exactamente con los elementos que necesitaba la obra para decir lo que dice y de la manera en que lo dice, y no de otra.

Esta idea del trabajo duro, es justo la idea contraria a la muy extendida y supervalorada de la inspiración del artista y que tanto daño a hecho al arte y sobre todo a los pseudo artistas que buscando quizás la originalidad y pureza de la obra lo fían todo a ese momento de inspiración.

Porque, ¿Qué es la inspiración? ¿Es una forma de convertir en divinos a los artistas, de convertirles en una raza superior a la humana, de emparentarlos con los dioses …? ¿De señalarles como alguien superior …? “Ese es un artista inspirado” … Es como estar tocado por la gracia y sólo por ella ya es suficiente. Es, como los sacerdotes, un elegido …

El artista “inspirado” se limita a realizar obras para desconocidos de aquello que en realidad, él también desconoce.

Quizás se podría llamar inspiración a otra cosa. Inspiración como aquello que sucede cuando uno encuentra la solución a una composición, la salida del laberinto, el acento exacto, el color, la forma que buscaba después de estar buscándola durante horas o días, tras un periodo de reposo de una obra que el artista consideraba incompleta y que después de volver a mirarla por enésima vez, se le presenta como la solución exacta a ese conflicto plástico que había que resolver para representar aquello que ni más ni menos quería representar o simplemente hacer aparecer y que ese momento “inspirado” ayuda a hacerlo tangible, le da un nuevo valor, una forma nueva de visión sobre esa obra.

Para que esto pase, casi siempre es necesario que el artista honrado, realice un gran esfuerzo, abocete, pruebe, tache, rompa, busque otras caminos, plantee otras formas, otras colores, otras líneas, otras soluciones estéticas de las que ya conocía, de las que había desarrollado en otros trabajos, en otros momentos, en otras visones o maneras que ya tuvieron su oportunidad de aparecer de ser desarrolladas por él mismo o incluso por otros artistas.

Se trata de un trabajo duro y en soledad, lleno de opciones distintas, de laberintos y callejones sin salida, de oficio, de vómito o lenta digestión. Por lo general, suele ser el único camino.

Para llegar a la obra de arte que aguarda al artista, hay que ir incluso más lejos de la disputa de lo que se quiere representar. No se trata de quedarse satisfecho con la primera solución, de lo que quiere surgir a través del artífice, sino después de una ardua tarea, en la que por decantación interior del propio artista puede terminar apareciendo una idea sencilla y a la vez poética en la que muchas veces la solución ideal se convierte en fácil. Es más, va mas allá de lo fácil para llegar a lo fácil (paradoja artística) sobre todo en apariencia para un observador poco avezado y al que puede confundirle esa sencillez sin ver el trabajo que hay detrás de esa “sencilla” obra (véase a Miró o Margitte, por ejemplo).

A fin de cuentas, el arte lo que quiere es convencernos de algo, llevarnos a alguna parte, producir determinadas sensaciones.

Y los artistas, están obligados a tomar ciertas decisiones, a elegir, a descartar, a destacar esto sobre aquello, a encuadrar, a buscar un ritmo, una composición, un tono, en definitiva, a crear una construcción que es la que presentan y no otra; que es la que dicen o lo que callan, que puede aparecer o esconderse en ese silencio que el artista ha elegido para que asome o no, para que sugiera, grite, clame u oculte misteriosamente una historia. Esto podemos contemplarlo en una gran número de artista que con su obra así lo presentan, (volvemos a Margritte, De Chirico, Dali, etc.)

No obstante, quizás una obra de arte, no se termina nunca, sino que se abandona, como decía el poeta Paul Valery y menos aún la obra general de un artista, de la que nos va entregando representaciones parciales de un mundo que debería ser propio y que el artista busca compartir con los espectadores de dicha obra.

Las buenas obra de arte lo son, en la medida que nos hacen comprender las cosas en una profundidad que la simple observación de las cosas no son capaces de ofrecer por si mismas y son los artistas más responsables con su obra los que no ignoran la magnitud de su esfuerzo y de cuando la creación debe mostrar a través de ellos mismos.

Con toda seguridad, nadie podrá realizar una buena obra de arte sin antes tomarse el trabajo de evaluar el ritmo o la estructura que le conviene a esa obra, incluso el ritmo y estructura que le conviene al propio artista que va a realizarla.

La obra original y la originalidad misma, no es una panacea para nada ni para nadie y en su nombre se han cometido verdaderas atrocidades o salidas de tono que no llevaban a ninguna parte, pero siendo esto verdad, tampoco se incrementa el valor de las obras que son sólo representaciones miméticas, repetitivas o plagiarias que vemos en las exposiciones que recorren todo el orbe, ya sean de artistas “consagrados” o de artistas meritorios que buscan abrirse camino por si mismos y que pretenden tomar el atajo del camino ya realizado por otros antes que por ellos mismos, convirtiéndose en meras copias de la vida de otro, de la obra de otro, de las soluciones de otro.

Dicho esto, no quiero confundir las variaciones, el estilo, el punto de partida o la complementariedad que algunos sinceros y valientes artistas pueden tomar, cogiendo como punto de partida la obra de otro artista o su escuela. La historia del arte está llena de legítimos ejemplos que ilustran esta categoría de Arte con mayúsculas y de primera calidad, que partiendo de un maestro anterior, como inspirador de una obra propia, la transforman y la dotan de vida original, si bien esto no siempre tiene porque ser un valor fundamental de una obra de arte.

Hay artistas que sólo buscan en las obras de los demás para hacer sus propuestas desde ese punto de partida, pero también los hay que tratan siempre de buscar en su selva interior, en su mundo propio, en su noche y en su día, para encontrar obras originales y en muchas ocasiones geniales que se distingue claramente del discurso estético de los demás. Allá cada cual con lo suyo y con el camino que quiera emprender.

Pero los artistas que casi siempre aciertan, casi siempre suelen ser los mismos. Son los que pelean cada rasgo, cada propuesta, cada grito y cada silencio que expresa su obra de manera infatigable hasta encontrar algo especial. Son aquellos que siguen encontrando un hueco, un espacio que estaba vacío un momento antes y que completan la idea de la creación con otra criatura original y estructurada por ellos mismos. Hacer una buena obra de arte, casi siempre es revelar un misterio nuevo.

Estos artistas son una clase de gente para los que arte nunca es un lujo, sino una necesidad vital básica y hacen del arte una opción nueva de la vida, una trascendencia más allá de la historia y en muchos sentidos, constituye un método de defensa en forma de liberación de esos mundos que habitan escondidos, también en la vida (la propia o la ajena) y que ellos liberan para engrandecer la creación.