Arte sucio / Fernando González
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Normalmente rechazamos la suciedad. Pero hay cosas sucias que tienen una belleza especial. Una ciudad totalmente limpia nos puede parecer demasiado fría para vivir. A veces nos cuesta tirar unos pantalones que hemos usado mucho tiempo.

Muchos artistas de este siglo han trabajado intentando hablar de todo, sin apartar nada. Han trabajado sin poner restricciones a lo que se puede decir. En vez de crear un mundo ideal de perfección han utilizado materiales pobres y sucios para dar una imagen completa del mundo (y del hombre).

 


Cuando Kandisnsky escribió “De lo espiritual en el arte” teorizó sobre unos conceptos que han llegado a ser constantes del arte del siglo XX. El más importante de ellos fue sin duda la posibilidad de hacer pintura abstracta, idea que recogió de W. Worringer y hacia la que ya tendía la pintura europea más arriesgada. Kandinsky fundamentó teóricamente estos experimentos, aclaró sus propias intuiciones y defendió, en pocas palabras, una forma de pintar que daba entrada a maneras que habían quedado apartadas de la pintura tradicional. Valoró la espontaneidad, la disonancia, la suciedad. Amplió radicalmente las posibilidades de expresión. Renegó de la corrección por lo que tiene de restrictiva.

Este tipo de reflexión y de práctica artística encontró su lugar en la Europa decadente del cambio de siglo, más preocupada por tapar sus carencias que por afrontar su declive. Las teorías de Freud, o las de Darwin, molestaban a la cultura oficial. Si el control de la conducta implicaba la represión de los deseos ¿cómo fiarse de la virtud? Si el origen del hombre se perdía en la animalidad ¿por qué no atender más a nuestros impulsos? Quien no se creía la corrección del arte burgués tenía que buscar lo incorrecto.

 


Cuando hoy en día miramos las abstracciones de Kandinsky no vemos suciedad. Sabemos que con manchas como esas y con esos colores se pueden pintar hasta los cuadros que adornan las oficinas de los bancos. Pero hay una edad, cuando los niños abandonan definitivamente el momento irrepetible del dibujo infantil, en que los conceptos de “bien hecho, bien acabado”pueden mucho más que la búsqueda de la expresividad, de la fuerza y de la poesía. En esta edad si una mancha se sale de su sitio es una suciedad, si una línea es demasiado enérgica, es necesario borrarla y hacerla “bien”. Por otra parte, cuando les das la posibilidad de pintar de otra manera, mezclando muchos colores, pintando con trapos y esponjas, poniendo el papel bajo el agua para que corra la pintura, o enganchando todo tipo de cosas, disfrutan terriblemente. Cuando después comentan entre todos sus trabajos descubren nuevos valores que ya no pueden definir con el escueto “está bien”. Aparece, por ejemplo, el valor de la sinceridad en la expresión o la crítica de la exageración. Y eso es un paso importante porque ya no son simples criterios formales.

La suciedad que nosotros no encontramos en Kandinsky está en esta edad totalmente vigente porque es para ellos tan novedosa y revolucionaria como lo era para la sociedad de hace casi un siglo. Tanto es así que una alumna que está repitiendo curso, y que por tanto participó en el trabajo del año pasado acerca de Paul Klee, cuando le dije que este año haríamos arte sucio me respondió inesperadamente que eso es lo que a ella le gusta. Tenía muy claro que el año pasado había estado haciendo arte sucio, a pesar de que seguramente nunca había oído juntas estas dos palabras.



¿Y si el punto de partida fuera trabajar, pintar, con un material desechado, un material que ellos solamente puedan descartar? Eso sería pintar con un material sucio y, sin duda, ayudaría a centrar el tema.

Además a la acción de pintar se añadiría la de encontrar y apreciar algo que antes no se había valorado. Se dan, pues, más posibilidades a la observación y al descubrimiento. De otra manera la necesidad (y la diversión) de hacer puede ahogar la atención hacia lo que se está haciendo.

Sin haber hablado todavía sobre el tema del que trabajamos, sobre la suciedad como valor estético, planteo un ejercicio de pintura: reproducir lo más exactamente posible el color, la veta y la textura de unas piedras de playa. Éste es un trabajo que requiere mucha precisión y obliga a hacer muchas pruebas. Los alumnos no están acostumbrados a controlar el color y se esfuerzan una y otra vez en conseguirlo. Van haciendo mezclas que prueban en un papel en sucio. Cada vez que limpian el pincel o quitan el exceso de pintura, lo hacen sobre este mismo papel sucio. Les he pedido que pongan el nombre en todos los papeles y que no tiren ninguno.

Al final, mientras intentaban hacer un trabajo muy limpio, que pocos han conseguido, yo he reunido un montón de papeles sucios llenos de plasticidad. Unos ordenados como muestrarios de color; otros caóticos y rotos. En cualquier caso desinhibidos y azarosos, carentes de intención. Como no saben que después los utilizarán, para ellos es un material auténticamente sucio, porque lo han ensuciado de verdad, sin querer. Nadie les ha prestado atención.



Todavía haremos otro ejercicio que genere material sucio. Esta vez, en cambio, será un proceso más inmediato y además, a diferencia del trabajo anterior, los alumnos verán enseguida el interés del material desechable. El ejercicio consiste en pintar con pincel unos diseños geométricos que han recortado en papel. Estos diseños se hacen doblando el papel varias veces de manera que cada pliegue es un eje de simetría y , por tanto, las muescas que se hacen cortando el papel se repiten según los ejes plegados consiguiendo fácilmente una bonita silueta calada. Al pintar estos recortes (les he pedido que se esfuercen al elegir el color) descubren enseguida la belleza simple del dibujo que se ha transferido al papel que han puesto debajo del recorte para no ensuciar la mesa. Más de uno tiene la intención de salvar este papel, pero les hago continuar pintando otras siluetas encima, dejando que se pierda la nitidez de los diseños, dejando, en definitiva, que se ensucien.



Ahora ya podemos explicar cuál es nuestro tema.

Normalmente todo el mundo rechaza la suciedad. Hay, sin embargo, cosas sucias que tienen una belleza especial. Algunos barrios de ciudad, el óxido de un metal, el polvo de una ventana, el olor fuerte de los mercados, los tejanos de hace unos años que todavía nos vienen bien, una pared despintada, la bata del abuelo que es tan vieja como él... Cada uno tiene que buscar sus ejemplos.

(Pero todo eso se aparta. En los bancos utilizan un ambientador que huele mal, nuestra madre no nos deja llevar los tejanos viejos a la escuela, en los supermercados hay muchas cosas para ver pero no hay nada que podamos oler, el abuelo no sale nunca de casa. Muchas cosas se quedan fuera...).

En la película “Sacrificio” de Andrej Tarkovsky, un hombre explica que un día visitó a su madre, una mujer anciana, y se decidió a limpiarle el jardín. Trabajó toda la mañana, arrancando hierbas, cortando ramas, barriendo hojas. Cuando mostró a su madre el trabajo que había hecho, la anciana se puso a llorar. El hombre se lamentaba por no haber entendido que ella amaba hasta la última hoja de la hierba más humilde que vivía en su jardín.

Ya tienen todo el material para trabajar. Al principio cuesta que salga algo. Piensan sólo en pintar o enganchar sin fijarse demasiado. Se quedan en el medio del papel, no ocupan todo el formato. Con la pintura tapan totalmente los papeles que han enganchado, de manera que no se ven. Ahora tenemos que mirar lo que se ha hecho y hablar de ello.

Insisto en que hagan collage, que aprovechen más el material que tienen. Para ellos es más fácil componer haciendo collage que pintando. A veces les hago volver a un cuadro que ya habían dejado acabado. Quiero que aprendan que se puede pintar sobre lo que ya está pintado. No es un proceso “limpio” pero puede enriquecer el cuadro.

Pegando, echando pintura, rompiendo papeles, ensuciando, van haciendo sus pinturas, van haciendo suyo un proceso de trabajo extraño. Eso es lo que importa, que lo sientan suyo, que poco a poco se encuentren en lo que hacen. Busco que les quede el recuerdo de una forma de hacer, y por tanto, de una manera de ver las cosas, que también les pertenece.

Cuando ya llevan tiempo trabajando nos vamos al Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona (MACBA). Comenzamos por ver las piezas más sucias: la de Rauschemberg y el papel arrugado y manchado de negro de Tàpies. A pesar de que están metidos en el tema se sorprenden. Son piezas polémicas. La suciedad con la que los alumnos han trabajado es pictórica. Por otra parte la han utilizado para conseguir un resultado plástico. Ahora en cambio se encuentran con unas cajas de cartón llenas de suciedad y con un pequeño papel arrugado que no tiene ningún interés formal.

Fijémonos en la intención de estos dos artistas. Rauschemberg encuentra unas cajas aplastadas y sucias y ve en ellas (aquí es evidente) un interés plástico. La caja más aplastada hace un dibujo, una silueta rota, que contrasta con los volúmenes rotundos de las otras cajas. Hasta aquí los alumnos no tienen problema pero el aspecto de pobreza y a la vez de brutalidad que tiene la obra les confunde. Y justamente ¿cómo podríamos ligar este carácter enérgico y brutal de la pieza con la meticulosidad de una limpieza?. Esta limpieza que Raschemberg no ha hecho, hubiera sido para el artista una especie de falsedad, algo así como enmascarar las verdaderas cualidades de lo que ha encontrado.

¿Y el papel manchado de Tàpies? Aquí hay poca cosa por ver; es sólo un objeto insignificante . Sólo buscando su interés poético nos podemos acercar.

Tàpies tiene obras espectaculares, fáciles de ver, aunque sólo sea porque agradan a nuestros sentidos, porque nos dan ganas de acercarnos y tocarlas (como nos acercamos a la sombra de una pared de piedra, o como pasamos los dedos por la corteza de un árbol). Este papel, en cambio, es insignificante pero, por decirlo de alguna manera, también tiene derecho a vivir. Representa una forma de existencia que vale la pena respetar.

Rauschemberg, Tàpies, Millares, Dubuffet... Todos ellos son hombres que conocieron la II Guerra Mundial, que supieron que la perfección de la técnica (como el orden riguroso, como la razón dogmática) se acompaña muchas veces de la destrucción masiva. Podría decirse que su arte desordenado se relaciona con el humanismo, con una manera de ver el mundo que acepta las limitaciones de los hombres, que no se hace intolerante con sus errores.

Vemos el constructivismo pobre de Torres-García y lo comparamos con las esculturas de Miquel Navarro. La suciedad (o la pobreza, o la imperfección) de Torres-García era significativa en su época. En cambio Miquel Navarro, a pesar de utilizar materiales que podríamos encontrar entre las basuras de un almacén, nos propone un mundo de orden y medida, limpio y meticuloso. Nada sucio. Ahora se puede hacer el esteticismo más refinado con materiales que hace setenta años sólo hubiéramos podido verlos pobres y sucios.

Vemos los dibujos de Jaume Plensa. Hay alguno muy grande, con toda la suciedad que genera el hecho de trabajar en el suelo, de trabajar utilizando técnicas complejas que requieren mucha energía, como el calentamiento del papel para darle volumen .

Después de esta lucha para dominar el material ¿puede el artista preocuparse de las señales (pisadas o salpicaduras) que han quedado?.

También hay trabajos más pequeños que tienen una intención claramente lírica (“Muy lejos de aquí”, “Suite Bauledaire”). En muchos de ellos se ve más el papel vacío que el pequeño dibujo que el artista ha hecho. Y en cambio los papeles no están vacÌos, están llenos de pequeños accidentes (arrugas o manchas) que nos hablan de su historia. Un papel nuevo estaría vacío; estos papeles, en cambio, están desnudos.

No es difícil imaginar el estudio de este artista lleno a rebosar de trabajos a medio hacer, dispersos o agrupados, siempre al alcance de la mano que les dé un estado definitivo, el estado en el cual los vemos. Los papeles, en este proceso, van llenándose del aire y del polvo del taller. Antes de que el artista los dibuje ya los ha hecho suyos, porque para eso están en su taller, en el sitio en el que el artista encuentra su intimidad. Los papeles sucios y desgastados de dar vueltas por el taller son expresión de esta intimidad. Por eso son parte de un trabajo poético.

“El aroma de mis axilas

es más fino que una plegaria”,


decía Walt Whitman, y seguro que era muy sincero, aunque más de uno podría no compartir este entusiasmo por el olor de su cuerpo.

No es extraño, de todas maneras, que este poeta se opusiera al racismo, a la esclavitud y al sexismo. Estos versos son de un revolucionario, no porque digan algo que no sepamos, si no porque se atreve a decirlo. La gente que se esconde en la ropa (en el disfraz social, en el clasismo, en el poder) pone límites estrictos a la igualdad. Y la suciedad nos iguala.

Vamos viendo las piezas de Boltansky, Richter, Kiefer, Campano...En unos la suciedad es pictórica (goteos, fragmentos visibles del cuadro que había debajo); en otros hay objetos sucios (ventanas con lodo, cajas de lata oxidada).

En las primeras la suciedad nace del proceso de trabajo y, como hemos hecho con los dibujos de Plensa, recreamos este proceso.

Si estuviéramos pintando cuadros como éstos, con esta atención a la totalidad del formato y a la expresividad del gesto pictórico, seguro que no tendríamos la tentación de limpiar las pequeñas manchas que hemos salpicado. Si vemos todo el cuadro entendemos que es natural que estén allí, y es “antinatural” limpiarlas. Respecto a las piezas que incorporan objetos sucios, intentamos imaginarlas con esos mismos objetos pero limpios. Ni el cementerio de Boltansky ni la instalación catastrofista de Kiefer funcionarían igual. Es muy evidente que la suciedad es parte esencial de ellas, de lo que están diciendo.

Para acabar llegamos al cuadro de Polke, enfrentando a los de Sicilia.

¿Quién de los dos artistas utiliza colores más sucios? Los de Sicilia son tierras, grises, negros, blancos desgastados. Polke ha pintado con violetas de cobalto y amarillo luminoso. Los alumnos ven más sucios los colores de Sicilia pero también tienen claro que el cuadro de Polke da más sensación de suciedad. Es caótico, hecho de formas inconexas que luchan entre ellas. El resultado tiene una cierta agresividad que de hecho se corresponde con el uso que el pintor hace de materias tóxicas para pintar sus cuadros: una alquimia peligrosa que él admite cuando, bromeando, explica que podemos perder el pelo si nos acercamos demasiado a sus obras. La suciedad aquí es, por tanto, desorden y toxicidad. Adecuada a nuestro mundo.

Los alumnos me han pedido utilizar como material de trabajo las siluetas recortadas, no sólo los papeles manchados que habían puesto debajo de ellas. Les dejo hacer porque es un elemento compositivo muy fuerte que facilita el trabajo y no altera el carácter de lo que están haciendo. De todas maneras les hago ver que el reverso de estas siluetas, manchadas en parte por la pintura que ha traspasado al pintarlas, es un buen material de trabajo.

Todavía utilizamos otra técnica: fundir trozos de pinturas de cera con una plancha eléctrica

Como han de utilizar papeles de periódico para proteger y no ensuciar la plancha, éstos quedan manchados de colores. Enseguida descubren el interés de estos papeles y los incorporan a los cuadros con muy buenos resultados.

Llegamos al final. Hemos estado casi tres meses con el tema, el tiempo máximo que había previsto. No a todos les ha ido bien. Incluso hay dos chavales, buenos dibujantes, que no han entrado nada en el gusto por este trabajo. Otros, en cambio, han aprendido de verdad. Eran especialmente valiosos los comentarios que hacían sobre sus pinturas.

Alguno comentó, criticando el trabajo de un compañero que se había dedicado a enganchar indiscriminadamente todo lo que encontraba en el taller, que había montado un puesto de mercado.

A una niña que siempre hace cosas muy delicadas la encontré tirando pintura por toda la cartulina, pero con cara de disgusto, casi de asco. Me dijo que no le gustaba tirar la pintura como si fuera ketchup, que quedaba falso, exagerado. Lo hacía porque había visto a los otros pintar cosas “tan fuertes”...

Finalmente les pedí un escrito corto, unas diez líneas, en el que describieran o razonaran sobre alguna cosa o situación que consideraran sucia o bonita a la vez. Quería ver hasta que punto el trabajo podía salir de los límites del taller. Casi todos han escrito sobre objetos concretos. Sólo dos se han acercado a la descripción de una sensación. Una alumna escribe sobre una casa vieja, rodeada de casas nuevas, y que están a punto de derribar. Lo que más importancia tiene para ella es que esa casa pronto desaparecerá.

Otro alumno ha descrito la acción de lavarse las manos cada día en el taller, viendo cómo la suciedad pasa de sus manos a la pastilla de jabón y la deja manchada de dibujos que van cambiando bajo el grifo del agua.

Hay otras descripciones que vale la pena apuntar: un papel encontrado en la calle, desgastado por la lluvia y por el sol, una pila gastada y oxidada, una mancha de tomate en la pared de la cocina y la misma mancha extendiéndose con la bayeta cuando la están limpiando, una camiseta para hacer trabajos manuales en casa, un cenicero que ha quedado amarillo por el tabaco etc.